Valorando el ejemplo

abr 06, 2012 No Comments by

Esta querida lectora nos comparte su experiencia en el difícil arte de elegir el grano de entre la paja a la hora de reproducir en su nueva familia los ejemplos vividos en la casa materna. Respetuosas de los diferentes y sanos modos de vivir, hacemos un amplio espacio para la voz de María Fernanda, a quien le agradecemos su gentileza.

Hace unas noches estábamos ya para dormirnos mi esposo y yo. Empezamos a platicar con la luz apagada no recuerdo de qué. Siguiendo la conversación, él me dijo algo que me ha hecho reflexionar ya por varios días en el mismo tema…

Me decía que nunca se imaginó que yo fuera “tan consentidora”, (probablemente porque soy una persona de un carácter fuerte y como que no se lleva una cosa con la otra), que se siente muy bien cuando nota que entre su círculo de amigos él es el más cuidado, consentido o como se le pueda llamar. A mí por supuesto me hizo sentir súper bien su comentario, y traté de seguir jalando la madeja ya que, como ustedes saben, los hombres no son afectos a expresar lo que sienten muy frecuentemente.

Él me dijo que le encantaba que me preocupara por él, que no se fuera sin algo en el estómago en las mañanas, que se llevara su lunch, aunque fuera cualquier cosa, pero nutritivo. También que siempre tengo contemplado que tenga una cena por la noche, y muy rara vez le he pedido que haga un cereal o algo porque estoy cansada o porque no voy a llegar a tiempo. A diferencia de nuestra situación, sus compañeros de trabajo jamás desayunan o llevan lunch; lo de la cena puede que sí sea más común.

Yo pensé que se refería sólo a eso y ya no seguí preguntando, disfruté el halago y me disponía a dormir, muy contenta por cierto; pero mi esposo siguió la conversación mencionando algunos otros detalles en los que veía que yo me interesaba por él. Siempre ha comentado con amigos o con la familia lo sensacional que soy para cuidarlo cuando se enferma… Él es muy sano, pero no falta que alguna vez necesite reposo y cuidados, así es que el hecho de que yo me quede con él y le haga cuanto remedio me sé lo hace sentirse muy bien.
He de aclarar que no soy lo que se dice una esposa abnegada; defiendo mucho el derecho de la mujer a ser dueña de sus actos, a tomar sus propias decisiones y a mantener su propia personalidad, independiente a la su esposo, no viendo a través de sus ojos o de los de los hijos. Yo trabajo en una empresa, tengo una persona que nos ayuda en la casa y tengo programadas varias actividades religiosas y de crecimiento personal que me hacen llegar no muy temprano a la casa. Pero eso no me quita el gusto de ser “una mujer de mi casa”, me encanta que al entrar se sienta el calorcito del hogar.

La conversación con mi esposo terminó en más o menos eso. Mis atenciones hacia él lo hacen sentirse amado. Esa fue la conclusión. Al día siguiente recordé la conversación que habíamos tenido y estuve meditando en ella. He reflexionado en el origen de mis cuidados y atenciones hacia mi esposo, y estoy reconociendo en este artículo que les escribo que el mérito no es mío.

Reflexionando en cómo he desarrollado este gusto por “consentir” , me doy cuenta que es porque lo vi en casa. Hice historia en mi mente y me doy cuenta que sólo repito lo que mis papás hacían con nosotros. Mi mamá, por ejemplo, jamás nos dejaba salir sin antes desayunar; se preocupaba mucho por la calidad de los alimentos que nos daba, porque no nos malpasáramos.

Yo he sido la más enfermiza de las hijas, así es que recuerdo siempre los cuidados de mi mamá, la charola en la cama, y una florecita que siempre cortaba y ponía en un vasito con agua (parecía que la cura no sería efectiva sin la florecita acompañando el caldo de pollo y el té). Mi papá también hacía de centinela, se desvelaba con nosotras, cuidándonos cuando nos daba fiebre o matándonos los moscos que no nos dejaban dormir. En mi casa nunca vi que se llegara la hora de alguna comida y mi mamá dijera que no había nada, o que no le había dado tiempo.

Con esto no les quiero decir que mi mamá sea chapada a la antigua o mujer abnegada de su casa, con el delantal puesto todo el día. No. Mi mamá es una mujer muy independiente, muy segura de sí y con su mente muy clara en cuanto a lo que son sus responsabilidades y sus derechos también. Si había estado ocupada o algo, compraba pollo rostizado o comida casera… el caso era no dejarnos como pajaritos hambrientos. Igual por las noches, cansada o no, siempre había una cena lista para mi papá y para nosotras.

Con todo esto no quiero presentar una familia perfecta. No lo fuimos; mis padres se han distanciado por periodos muy largos, pero aún distanciados siempre vi a mi mamá prodigarle las atenciones de una buena esposa, y a mi papá ser siempre un excelente proveedor. A mí se me educó para crecer lo más segura posible; me dieron las herramientas que creyeron necesitaría y me echaron a volar…

Ahora que he estado pensando en aquella sencilla conversación que tuve con mi esposo, me doy cuenta de que aún si nuestras familias no han sido lo perfectas que quisiéramos, o nuestros padres lo ideales que nos hubiera gustado, hay muchas cosas que nos han dejado cinceladas en alguna parte de nuestro interior mediante el ejemplo, detalles en los que no reparamos y que ahora que se nos presenta el momento de aplicarlos, brotan de muy adentro y forman parte de nuestra personalidad de adultas.

Agradezco todo lo que aún tengo dentro y que todavía no descubro, pero que seguramente me dará la capacidad para llegar más lejos. Gracias a mis padres.

María Fernanda A. Cortés

 

Splash, Toda Familia
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