Duele dejar crecer a los hijos
Los padres hoy en día estamos más preocupados por la formación, enseñanza y guía de los hijos. Se presenta una tendencia acentuada hacia la prevención leyendo, informándonos, preguntando, atendiendo a pláticas, entre otros.
Conocemos las etapas de la niñez y cuando nos toca ser madres de adolescentes entendemos que para que puedan tomar decisiones propias, formar su identidad y por lo tanto ser independientes de nosotras, debemos soltarlos.
Racionalmente lo concebimos sin embargo el corazón lo sufre. El dejar ir a los hijos es algo hablado y comentado mas el sentir de madres en este proceso de emancipación, parece no ser un tema a tratar.
Como osar decir;
• me duele que mi hijo crezca,
• me duele ya no ser la persona mas importante en su vida,
• me duele ese reto constante que los llevará a su individualidad,
• me duele verlo sufrir y no poder acercarme para curarle las heridas.
Si tenemos hijos adolescentes seguramente nos encontramos en un rango de edad entre 40 y 50 tantos años, que aunado a la adolescencia de los hijos manifestamos un cuestionamiento interno de vida.
¿Qué quiero, a donde voy y ahora qué?
Comienza un descenso gradual del físico, un dejar paso a la juventud de lo hijos, física y emocionalmente, ahora ellos son el centro de atención, un pararnos para dejar pasar.
Si como madres hemos dedicado toda nuestra vida a los hijos, al ellos crecer sentimos que nos quedamos sin vida, sin rumbo preciso.
La crianza como forma de vida ha terminado.
Podemos preguntarnos en esta búsqueda de respuestas a nuestro sentir ¿Acaso no debo estar feliz porque mi hijo empieza a ser independiente? Sabía que llegaría este momento ¿por qué me sorprende y duele tanto?
Experimentamos el entrecruzamiento de dos sentimientos opuestos. Por un lado existe un mensaje que debemos estar orgullosas de los hijos, de su desenvolvimiento ante la vida y sus logros.
Por otro existe la tristeza y el dolor por el alejamiento emocional de los hijos.
Efectivamente, los sentimientos opuestos coexisten en una persona, en un mismo momento y no se trata de desechar uno y vivir el otro.
El negar el sentimiento de dolor ciertamente lo intensifica, el validarlo y dejarlo correr por nuestro corazón lo hace real.
Podemos lidiar con lo real mas no con aquello que negamos.
Hablemos nuestro sentir con amigos, familiares, con la pareja, tal vez al comentarlo con otros entenderemos que este dolor es un camino transitado por muchos y ahí residirá la compresión mutua
Psic. Blanca Almeida Dingler
Psicoterapeuta
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