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Que no te domine el miedo al éxito
Lydia Ricaud
Mi mamá solía decirme que tuviera cuidado con lo que pidiera, porque podía suceder que lo consiguiera. Esa frase no me hacía gran sentido pues yo deseaba muchas cosas y estaba segura de que, si las obtenía, iba a ser la mujer más dichosa y completa del mundo.
Hasta que un día logré alcanzar una de esas metas tan anheladas. Pero cuando llegué ahí verdaderamente entré en pánico y entendí a qué se refería mi mamá. Lo que sucede, creo yo, es que cuando alcanzamos aquello tan anhelado es cuando verdaderamente empieza el trabajo. Porque el éxito genera compromiso y responsabilidad, la cual a veces representa una carga mayor de la que nos sentimos capaces de llevar. Lograr el éxito implica también fijarnos metas cada vez más altas y eso puede significar una gran presión. Digamos, por ejemplo, que lograste la beca que tanto perseguías en la universidad. Por supuesto que es algo digno de celebrarse, pero lo mejor viene después: responder a los requerimientos escolares para no perderla. No pocos estudiantes se autoboicotean y la dejan perder diciéndose a sí mismos que tanta presión les quitaba tiempo para su “vida personal”. ¡Pero si la universidad es parte importante de esa vida! ¿Qué sentido tuvo, entonces, buscar la beca con tanto ahínco? También puede ocurrir que en la oficina obtuviste el ascenso que siempre habías querido. Llegas el primer día y te instalas en tu nuevo puesto, te llama el jefe y empieza a dictarte los pendientes para esa jornada. De pronto te das cuenta del reto que implican tus nuevas responsabilidades, ves con precisión el tamaño del paquete que te toca cargar y empiezas a sentirte abrumada. Al cabo de un tiempo, quizá hasta extrañes los días despreocupados de antaño cuando conocías perfectamente tu chamba, casi la realizabas con los ojos cerrados... Y además, podías dedicar tiempo a lamentarte porque no te habían dado un merecido ascenso y te tenían estancada en el mismo escalón.
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