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Deseos en la punta de la lengua
Irasema Cervantes
A la hora de los recuentos de fin de año es cuando se le da peso a las ausencias y a las presencias importantes. Yo he hecho el mío y quiero compartirlo con ustedes, si me lo permiten. 
Hace un par de meses murió mi padre; con él no tuve una buena relación durante mi adolescencia. Aunque su partida ya estaba anunciada por una enfermedad que fue minando su salud de a poco, el golpe de su ausencia nos llegó fuerte hasta hace una semana. La profundidad del hueco comenzamos a sentirla realmente al preparar las celebraciones de la Navidad y el Año Nuevo. Como si él hubiera sabido el proceso por el que pasaríamos mi hermano y yo, nos dejó escrita una carta para ser leída precisamente en estas fechas. Es una carta de amor porque es una carta honesta. En diez cuartillas, mi padre no escatima verdades para recordarnos lo que fue su vida al lado de mi madre, y lo que nosotros significamos: al principio estupor, porque él era casado y sin hijos cuando se relacionó amorosamente con mi madre. Mi hermano y yo somos cuates, así que imagínense de pronto tener dos hijos. Luego miedo y rechazo... Después de unos meses entre dos realidades, finalmente decidió vivir lo único que realmente tenía: el presente. Y en ese presente estábamos nosotros. Según nos contó en esa carta, estaba atiborrado de dificultades cotidianas, de pleitos con mi mamá y con su esposa legal, porque ésta le negó sistemáticamente el divorcio. Fue una venganza muy dura de ella hacia mi papá, hacia mi mamá, pero sobre todo hacia nosotros, aunque ella no lo supiera al principio.
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