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La paralizante pereza
La Force
Amelia vivió una odisea en el momento de su jubilación. No sabemos si en otros países suceda lo mismo pero en México, y en la especie llamada burocracia, es en donde podemos ver modernas versiones de la Odisea en vivo y a todo color.

Lo primero para jubilarse es haber alcanzado la edad (60 años), saber el número de semanas cotizadas, y los honorarios devengados durante los últimos tres años. Con estos datos, el Seguro Social puede realizar un oscuro y tenebroso procedimiento, que ningún mortal alcanza a comprender, y por medio del cual se decide qué cantidad mensual quedará fijada, siendo ésta aumentada mínimamente cada año. Amelia da el primer paso. Como es muy ordenada, tiene todos los documentos que avalan exactamente su número de cotizaciones. Se presenta y le aducen que está equivocada, que ellos (la burocracia) tienen un número muy inferior de dichas cotizaciones. La mujer que le recibe y rechaza los documentos, sentada cómodamente y almorzando su inseparable torta y vaso de atole, le lanza una mirada de indolencia, como diciendo “qué lata da ésta”, cuando Amelia se atreve a exigir que se revise su expediente a fondo pues no está conforme. Amelia insiste y aquélla le responde: “¿usted cree que tenemos tiempo para estar revisando expedientes de años tan atrás?” (textualmente). Amelia enfurece y le recrimina: “Para eso está usted aquí, para eso le pagan, es su trabajo”, y aquella sin inmutarse dice: “¿mi traba...qué? Yo sólo estoy aquí para recibir documentos, si no está de acuerdo, diríjase a otra persona”. Pero se niega a decirle a qué persona. Amelia, que tiene cierta presencia, pide una cita con el director y la logra, explica su problema y las cosas cambian. De inmediato se da la orden para revisar el expediente y 15 días después le telefonea el mismo director pidiéndole presentarse para entregarle una carta en donde se le reconocen todas sus cotizaciones. Me pregunto, ¿es que hay que tener “cierta presencia” para que los zánganos se muevan? Ya con la carta en mano, Amelia vuelve al primer paso: entregar los documentos en la clínica que le corresponde. Para su desgracia, días antes el país ha sufrido un temblor que, aunque no llegó a terremoto, dañó varios edificios; entre ellos está precisamente al que enviarían sus documentos para seguir el arduo proceso de la jubilación. Desde temprano, Amelia se forma en la consabida fila de personas que deben esperar el término del almuerzo de los perezosos burócratas para ser atendidas. Y demoran eternidades con cada una.
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