La creciente presencia de las mujeres en el mercado de trabajo es uno de los fenómenos más notorios en las sociedades latinoamericanas del pasado siglo. Hoy día, las mujeres cada vez menos nos limitamos a ser “madres-esposas”, confinándonos dentro de los límites del hogar y el trabajo voluntario e invisible dentro de la comunidad: buscamos involucrarnos activamente en el mercado laboral formal, obtener un propio sueldo y autonomía económica.
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El número de mujeres en el mundo empresarial es la suma de historias que confirman una tendencia acentuada en los años 90, pero iniciada una década antes: los mayores aumentos de la participación femenina se produjeron en los grupos de edad de entre los 25 y 34 años, y de 35 a 44 años.
Quiere decir que cada vez más las trabajadoras y empresarias son mujeres en edad reproductiva, con hijos (pequeños) a su cargo y las responsabilidades de atención y cuidado que ello significa, pues se ven obligadas a combinar varias jornadas de trabajo: una relacionada con el trabajo remunerado y otra con el trabajo no remunerado en la casa y la familia.
Es conveniente precisar que la participación laboral femenina en todo el mundo ha enfrentado una serie de obstáculos que, si bien han podido ser aminorados por acciones positivas de los gobiernos a través de políticas públicas, una parte muy importante de su incremento se ha debido a la necesidad de que las mujeres contribuyan al ingreso familiar global.
El pilar más importante de organización social –la familia– sigue estando bajo la responsabilidad exclusiva de las mujeres, incluyendo a las que trabajan remuneradamente. Si bien el Estado, a través de la seguridad social, ha impulsado la creación de guarderías, éstas no son ni en calidad ni en acceso una solución que nos permita descargar el peso que la sociedad pone sobre nuestros hombros de manera injusta.
La gran mayoría de las mujeres empleadas, empleadoras, micro-empresarias, profesionales, etc., tienen que combinar ambas responsabilidades, lo que en algunos casos las coloca en el escenario económico en condiciones desiguales y más precarias, en comparación con los hombres.