Chavas lean: La complicidad que destruye

ene 13, 2012 No Comments by

Una amiga, Liz, me buscó desesperada el otro día para platicarme sobre una reciente relación con un compañero de su oficina. ¡¡¡¡Adivinen!!!! El sujeto en cuestión es casado y además, en el rango de aquellos a quienes sus esposas “no comprenden y fastidian a toda hora”. Liz sólo quería saber una cosa: “¿Tú crees que me quiere”?

Así fue que entre mi amiga y yo, que ya para entonces comenzábamos a saborear los estragos de la conversación de la madrugada, decidimos hacer un recuento de lo sucedido cuando, empeñadas en “dar apoyo” a otra persona, nos sometemos a una cantidad de actos que terminan perjudicándonos de manera severa.

Como no hay mejor lección que el ejemplo -y si es cercano, mejor-, le conté la historia de mi prima Naty. Ahora te la paso (con el permiso de mi prima), por si te es útil.

***

Hace cuatro años, al llegar a su nuevo empleo Naty quedó flechada por un atractivo galán. Comenzaron a salir, se hicieron amigos. Él, tierno, detallista, cariñoso, divertido, ni un pelo se atrevió a tocarle durante sus primeras salidas. Sólo amigos. “Es un encanto, me respeta y me quiere” -me decía una Naty de ojos brillantes.

Luego de varias salidas nocturnas con largas conversaciones sobre la vida, los hijos, el futuro, y los mejores conceptos sobre sí mismos y el mundo, mi amiga creyó que por fin había encontrado a alguien profundo. Para entonces ya había prendido la chispa de la pasión; el enamoramiento les inundó y de un momento a otro ella se vio involucrada en una relación donde pasó de ser su “mejor amiga” a “la otra”.

Las promesas comenzaron a llegar: que si el divorcio era inminente, que pronto nos vamos a vivir juntos, que este cumpleaños sí estaré contigo… entre otros muchos. Los llantos y las peleas fueron subiendo de tono. Los chantajes y los plantones también. Sin embargo, no hubo conflicto que no pudiera ser resuelto con promesas de amor y arranques de pasión. Ella moría por él y tenía la convicción de que ese “era su hombre”.

“Él me ama” -me decía-, y no lo voy a dejar nomás porque sea casado. Lo que pasa es que su mujer no le quiere dar el divorcio; ¿tú crees que le vamos a permitir a esa fulana que nos arruine la vida? ¡Claro que no!”….
Del gozo al pozo

Así pasó el tiempo hasta que la pasión dio paso a un rutinario estar juntos; las salidas ya no eran tan divertidas, no había adrenalina… la seducción de lo prohibido había perdido fuerza.

Desesperada ante el riesgo de “quedarse sola”, Natalia pensó en la posibilidad de tener un hijo. “Quiero algo que me quede de él” -se dijo.

Cuando el bebé nació, él la inundó de flores, besos, chocolates… era la mujer de su vida, pero no sería su legítima. El niño llevaría su nombre, ¡y cómo no! Hay que cacarear por lo alto la paternidad, pero nada de casorio. Rápido el retoño cumplió dos años; fue entonces cuando el lindo papito les anunció su próxima boda con una vendedora de seguros de la competencia. Mi prima se moría.

Y entonces se acordó de la ex esposa del padre de su hijo, sí, ésa de la que tantas pestes había echado, ésa de la que él se había divorciado a la chita callando para mejorar su estatus social y económico al lado de una mujer ducha con el billete.

A los pocos meses el angelito estrenó esposa y posición; mi prima también estrenó pero espejo, para sustituir el que astilló cuando descargó el puñetazo de “la traicionada”.

-¿Qué hice yo para merecer esto? -me decía cada interminable noche de llanto-. ¡Mira nada más! Me quedé sin trabajo, sin hombre, con un hijo, y lo peor: sin poder hacerle nada…¡sin poder vengarme!

El espejo humeante

-¿Deveras crees que tú no hiciste nada, que eres una pobre palomita de San Juan? -le dijo su terapeuta cuando llegó a su consultorio luego de una fuerte crisis depresiva y de haber subido siete kilos de peso (producto de los tacos al pastor que le acallaran su pena).

-Lo único que hice fue darle lo mejor de mí. Mi tiempo, mi juventud, mi amor. Hice todo lo que me pidió, estuve con él en sus peores momentos; fui su amiga, su amante, su cómplice…

Como por arte de magia, mi amiga detuvo su listado de porras y apoyos para sí misma:

-¡¿Su cómplice?! -se dijo, sorprendida-. Híjole, me sonó medio feo.

El terapeuta guardó silencio, permitiendo que la palabra cayera, como carga de profundidad, en la conciencia de mi prima.

-¡Pero si yo sólo lo apoyé cuando me necesitó! -me repetía mi prima, contándome sus sesión con el terapeuta. Más bien se lo repetía a sí misma, sin lograr convencerse del todo. Al final, ante mi atento silencio, aceptó que la complicidad jugó un papel importante en su relación. Ella fue su cómplice para engañar a su esposa; fue su cómplice para no hacerse responsable de su propia vida; fue su cómplice para ahorrarle el trabajito de madurar; fue su cómplice para confirmarle que siempre habría una mujer en su rescate, y que por lo tanto él no debería respetar a ninguna. Fue su cómplice incluso para dañarla a ella misma.

Hoy sabemos que este tipo de relaciones no tienen que ser necesariamente efímeras; pueden durar muchos años, con intensas reconciliaciones pasionales disfrazadas de amor auténtico… y con momentos agradables también. Así, también el descubrimiento de la complicidad podría llegar muy tarde, incluso no llegar y vivir en gris toda la vida, haciendo como que se vive y como que se es feliz.

***

Bueno, esta fue la historia que le conté a mi amiga Liz. Espero que le haya servido mirar un futuro tan anunciado por todos lados. Porque ahora estoy convencida de que muchas de nosotras, en franca connivencia con varones como éstos, luego nos ubicamos en el plano de la victimización sentimental, preguntándonos cómo es que a chavas tan solidarias, independientes económicamente, inteligentes y atractivas, nos puede pasar eso.

Tú, ¿a cuántas cómplices conoces?

Todamujer.com

Chavas, Splash
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