 Sólo la consuela un poco rezarle a San Antonio; y algunas noches piensa en suicidarse tirándose por el balcón, cansada de no tener un novio que la mime, pero desiste del acto en cuestión porque vive en planta baja. De golpe ocurre el milagro; visitando a un cliente de la empresa ¡aparece Adán! Eva no lo puede creer, ¿será un sueño? Pero no, luego de años de soledad descubre que lo que tanto pidió, llegó. ¡Albricias! ¡Eva tiene novio! 
Tal vez tuvo otras invitaciones pero nunca se había dado cuenta, porque las mujeres se dividen en dos, las que son y las que se hacen. Las que son tiene baja autoestima y hasta que su Romeo no aparece con el preservativo en una mano y la libreta roja del Registro Civil en la otra, no reacciona. Esta Eva es de esa clase. Pero volvamos a su Adán, con quien realmente comienza a disfrutar del noviazgo. Los primeros fines de semana son un derroche de caricias, paseos, risas, música y guirnaldas. Su alma gris se vuelve colorida como la calle Caminito. Eva logra voluntariamente que el varón que la conquistó se sienta un Moisés que abrió las aguas del antes y del después, el Cid Campeador, el Zorro, Robin Hood, el Chapulín Colorado y el príncipe azul que siempre soñó, la razón de su vida. ¡Verywell!... piensa Adán, "al fin una mujer para la que soy su maná del cielo... ¡y no es mi madre!". Vana ilusión la de los Adanes. De pronto la agenda de Eva, que estaba marchitada, comienza a rejuvenecer. Adán la llama para verla pero ella ya no puede encontrarse con él tan fácilmente porque: el papá, que antes no le hablaba, ahora -bajo el efecto de un fulminante ataque de Edipo- la invita a pasar un día en el campo a solas con él para charlar; su amiga Gabriela le avisa que le regalaron entradas en un palco para ver jugar a River; los sobrinos quieren que la tía Eva les arme la pileta de lona "olímpica" que por años estuvo arrumbada en un desván; sus compañeros de trabajo contratan una serie de viajes breves sólo para empleados, aprovechando una oferta sindical y la invitan a cada rato; su ex novios Esteban y Pablo la llaman para tomar algo porque "necesitan pedirle consejos sentimentales". Y ella, como por fin está de buen ánimo ¡a todos les dice que sí!
Adán debería sentirse orgulloso, pero ocurre que siendo él el motor inmóvil de tal resurrección, no sólo no cobra derechos de autor sino que además se siente tratado como un impermeable en día de sol. Entonces Adán decide cambiar de táctica y le propone a Eva salir solos en una gira de miniturismo durante la siguiente semana, pero no tiene éxito tampoco porque ella, ahora exultante, comenzó una serie de actividades nuevas: los lunes estudia teatro con su amigo del alma; los martes se hace dar masajes por un nuevo digitopunturista ciego, Ariel, que fue doble de Val Kilmer en una película romántica; los miércoles va a un gimnasio porque le recomendaron los juegos de cintura que enseña Fernando el teacher de "aparatos"; los jueves juega al paddle con su amigo Walter el norteño; los viernes hace una nueva terapia de contacto físico a ojos cerrados traída desde Dinamarca por el psicólogo protestante Sebastián, estudiante de una nueva teología del kamasutra; y después tiene una, desde ahora, habitual reunión con las amigas del secundario con las que luego va a bailar a un boliche de Palermo Chico; los sábados hace horas extras para comprarse un departamento propio y a la noche cena con el papá que sigue con ataque de Edipo... Ah, algunas madrugadas participa de la Noche de la Caridad con Franco y Mario, dos compañeros de campamentos de la parroquia que cuando la nombran se atragantan con la baba que emanan, pero para ella son dos divinos e inocentes hermanos de la vida. Adán le sugiere, ya desesperado, ir a buscarla a la salida de todos esos lados, pero ella le informa que: los lunes vuelve con José el insistente; los martes con Marcos el negrito lindo; los miércoles con Richard, el suegro de la hermana; los jueves con Santiago, el que tiene una banda que toca como Turf y siempre la invita a escuchar sus acordes locos; y los viernes con Sergio, el chico sonriente que le arregla el acondicionador de aire. Los sábados la trae Carlos, el marido de la prima (¿recuerdan?), que sigue haciéndole proposiciones deshonestas en broma, porque si no se aburre. Carlos la va a buscar a casa del papá, que la entrega sin quejas a cualquiera menos a Adán, al que odia minuciosamente.
Adán, creativo el chico, la persuade de hacer al menos un tour de fin de semana juntos a Colonia, Uruguay, pero ella arregló con sus amigos el Pita y el Puchi ir a Mar del Plata para tirarse juntos en parapente en la zona del Torreón. Y cuando él la increpa sintiéndose abandonado, ella lo acusa de querer asfixiarla, y al mejor estilo de Isabelita, con tonalidad gallega le grita por el teléfono: "¡no me atosigués!".
Finalmente Adán, ya cansado de no verla, cree reconocerla un día por la calle y se da cuenta que ésa que pasó cerca de él tal vez sea su novia. Es entonces cuando la detiene en la calle, la lleva a un bar y manifestándole su desilusión se separa de ella, convencido de que para un hombre la única manera de sentirse solo es ponerse de novio con una chica moderna del 2003. Eva, en cambio, no lo entiende, cree que él es un machista posesivo y egoísta y no comprende cómo ni porqué ha vuelto a quedarse sin pareja. A partir de ese día pierde el deseo de seguir con sus ocupaciones; lentamente abandona la sonrisa y regresa al mate amargo, las tardes grises y la telenovela aburrida. Sus amigos, compañeros y acosadores sexuales encubiertos también se hacen humo. Abandona los proyectos encaminados y las salidas, incluso a lo de su prima, sus amigas, y cada tanto se pega un faltazo en el laburo para descansar un poco de tanto aburrimiento. Ella piensa que todo se debe a una falta de vitamina C en su organismo. Algunos creen que está enferma porque no sale ni a pasear al perro. Por supuesto que ya se ha olvidado de Adán, al que puso en el arcón de sus peores recuerdos triturados. De tanto en tanto mira la calle lluviosa que refleja sus domingos desolados, interminables, solitarios, aburridos, suicidas, se acurruca en el sofá y cerrando los ojos piensa: "es cierto, no hay hombres". Y ya en un reclamo hacia el espacio sideral, que nunca deja de ser místico, reclama sin demasiada ansiedad : "¡Me fallaste, San Antonio!".
* Periodista argentino luisbuero@tutopia.com |