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La matrimoniofobia está de moda

Luis Buero

En declaraciones a la revista Enquire, Bradd Pitt anunció que él y Angelina Jolie no se casarán hasta el día en que los homosexuales ganen su derecho a contraer matrimonio en los Estados Unidos.

La excusa puede parecerles absurda o ingeniosa, pero es ideal para anotarla y pasársela como dato a esos amigos que tenemos que a metros del Registro Civil les comienza a temblar la lapicera y fantasean con escapar echando polvo como el corre-caminos.

Pero, por si las parejas gays pronto son aceptadas por las leyes, es conveniente ir pensando otras frases sustitutas. Veamos: “querida/o, no me casaré contigo hasta que….”

una lágrima suene al caer.
Nazarena Vélez cante bien.
Racing Club salga campeón.
La hiena Barrios se haga transformista.
Los pingüinos emigren a Ecuador.
Mauricio Macri se haga de River.
Ben Laden se fotografíe sin turbante.
Los Diputados trabajen gratis.
Luciana Salazar ensaye Macbeth en el San Martín.
La Tota Santillán adelgace.
Las chauchas vengan sin porotos.
Bush se afilie al comunismo.

En fin, la lista podría ser infinita, cuando de novios fugitivos se trata. Ahora bien, antes los amantes huían del noviazgo o la convivencia. Hoy no tienen problemas en irse a vivir juntos, compartir inversiones económicas, comprometerse ante la familia sociedad, y engendrar o adoptar varios hijos, claro que.…le tienen terror a la libreta roja.

Así es. En su discurso suenan tan naturales, que su desprecio a los formalismos establecidos resulta una rebeldía antropológica. Si el casamiento fuera algo tan poco importante para ellos, un trámite burocrático como aseguran, firmarían, pagarían el sellado y listo. Pero por el contrario, si se llevan de maravilla, sugieren que por cábala no quieren arruinar la magia formalizando la relación.

Adivinemos que sucede. Podríamos decir que una fobia es un miedo desmesurado a un ataque que no va a venir. Se caracteriza básicamente como la aparición de una crisis de angustia desencadenada por la situación fobígena. Es interesante observar que el mandato social del matrimonio puede convertirse para ciertas personas en un objeto persecutorio, aunque desde el discurso minimicen la importancia del papeleo. Y no es extraño que eso suceda. En los últimos treinta años las corrientes de pensamiento foráneas han ponderado el individualismo extremo y la proliferación de hombres y mujeres lights obsesionados en la autorrealización y la libertad total.

Así pues, embebidos en esa nueva leche cultural, la pareja estable y la familia posible a formar suenan como un ataque a la identidad del individuo, como un proyecto que lo obligará a descentrarse, a pensar en los otros del grupo antes que en él mismo. Por lo tanto mejor hacerlo sin aspavientos, sin que el Juez y Dios firmen las libretas, y sobre todo, sin que Romeo y Julieta se enteren del todo que han empezado a crecer, aún contra su voluntad

 

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