 Alrededor de los 12 años, la amistad entre dos personas comienza por hacer algo juntas; más tarde, entre los 13 y los 16, se desarrolla una confianza recíproca y la seguridad aparece como el aspecto más importante de las relaciones grupales. Al final de la adolescencia las amistades se hacen menos obsesivas, y se van reconociendo y aceptando las diferencias como algo valioso y enriquecedor, al tiempo que se busca una relación heterosexual. Los grupos desaparecen en el momento en que se forman parejas. ¿Qué ofrecen esos grupos que tanto atraen? Ante todo un espacio de encuentro de pares, de iguales que viven cambios vertiginosos que los adultos no entienden; intimidad, porque entre ellos y ellas se platican todo o casi todo con una gran apertura; complementariedad; solidaridad; cierta complicidad y experimentación, aspecto importante ya que solos(as) quizá no se atreverían a hacer muchas cosas. ¿Qué tipos hay? Están los que surgen en una institución (escolar, deportiva, eclesiástica o cultural, como pueden ser los clubes de exploradores o artísticos); los grupos "espontáneos", que son aquellos de 3 a 5 miembros, cuyo afecto es muy cerrado. Los "casi-grupos" son una amalgama con ligera interacción entre sí; los rituales, que cuentan con una estructura jerárquica, cuya finalidad es delinquir, realizar acciones audaces y desafiantes ante la ley, como las bandas.
Con frecuencia se piensa que esta tendencia a formar grupos se opone a la integración familiar. Pues no, no siempre. Si bien es cierto que existe una evidente oposición entre ambos, no son forzosamente excluyentes. Por eso es tan recomendable que los padres aprendan a respetar los espacios de sus hijos adolescentes. Pero, ojo, amigas: respetar no significa ser complaciente ni ser de palo. A final de cuentas, tú eres la figura de autoridad, lo que conlleva un gran compromiso de fidelidad a la verdad, no a las conveniencias. Si miras que en el grupo de tu hija o hijo hay señales de que las cosas no caminan adecuadamente, o bordean filos peligrosos, dilo con todas sus palabras. Con frecuencia, la experiencia de la adultez bien vivida permite identificar focos rojos. Uno de los mejores modos de hablar sobre el tema es recordar las experiencias negativas de tu propia adolescencia. Habla con ellas y ellos sobre ti misma, no ensalzándote (cosa que choca, a jóvenes y adultos), sino mostrando que sabes de lo que hablas. Esto te demanda un cierto grado de humildad: "yo fui adolescente, y sentí y viví procesos difíciles; sé por las que estás pasando". No pierdes nada con probar. Y sí mucho que ganar. |