 Cuando yo quería y sabía que así debía ser, lo acercaba aun con fuerza física al chorro del agua para lavarle sus manos. Le acercaba la cuchara y le forzaba cuando no quería concentrarse en su alimentación. Cuando iba a tocar algo sucio o a revolcarse con ropa de fiesta, simplemente lo tomaba y lo colocaba en otro lugar. Luego, cuando ya fue más independiente, comenzó a decirme: "déjame, quiero irme yo solito". Entonces sonreía, pero con voz firme le decía: "Ahora no. No se puede, es momento de estar sentado quietecito", o alguna otra indicación de disciplina y de hábitos. Al pensar hoy en mi hijo de 13 años, corriendo a plena adolescencia, me digo que ya no debo tomarlo de la mano, pues ya es grande. Pero tampoco se trata de soltarlo definitivamente, porque todavía es chico. Se trata, pues, de tomarlo con el corazón, apelar a su conciencia conformada de pequeñas y grandes convicciones emocionales, intelectuales y aun espirituales. Intuyo que: - Nuestra base debe ser la cercanía, pero sin acapararlo(a) ni asfixiarlo(a). - Hablarle sin imponerme, sino a través del convencimiento. - Seguir siendo su principio de autoridad y respeto a los límites, sin pasar a ser verduga y juez inapelable. - Creer en sus recursos y posibilidades; pero sin sobrevalorarlo, y sin confiarme en la buena suerte. - Ayudarle a formar por sí misma(o) un patrón de valores que le permitan conducirse en su vida, con un claro discernimiento entre lo que es bueno y lo que es malo; y el porqué de cada cosa, además de los efectos que causan sus decisiones a terceras personas. Enseñarle a poner en la balanza cada situación de la vida cotidiana, para que juzgue la diferencia y construya sus convicciones.
Tomarle del corazón es seguirlo de cerca, pero nunca estar sobre él para que siempre me siga a mí. Ir a su lado, acompañándolo al transmitirle la sabiduría que me ha dejado analizar, procesar y reciclar mis experiencias de vida. También es actualizarme en lo que no sé, pero conservando principios básicos de vida como la justicia, el amor, la paz, la congruencia y la motivación para vivir. Querer saber de su vida, sí, pero sin dejarme atrapar por la insaciable sed de control sobre su vida. Influir en su posición ante la vida, sí, pero con respeto a sus propias elecciones y sin engancharme a su padecimiento por sus malas decisiones. Ayudarle, dejando que enfrente con responsabilidad sus consecuencias. Por supuesto, tomarle del corazón es hacerme obedecer por él, sin denigrarlo ni maltratarlo física y emocionalmente, abusando de mi posición de madre. Y también establecer juntos -y con claridad para ambos- la diferencia que existe entre amistad de padres y madres hacia los hijos, y la permisividad y tolerancia excesiva, con sus consecuencias. Con esta información, querida amiga, ¿te animas a tomar del corazón a tus chicas y chicos?
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