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Sentido del romanticismo

Luis Buero

El Romanticismo fue un movimiento estético que se originó en Alemania a fines del siglo XVIII y se extendió por toda Europa y América en la primera mitad del siglo XIX, como una reacción al racionalismo de la Ilustración y el Neoclasicismo, dándole preponderancia a la espontaneidad, la imaginación y la manifestación de sentimientos intensamente subjetivos.

Semejante postura pareciera ser anacrónica hoy, en este planeta que se jacta de dar trabajo a los robots, y en el que hasta las tarjetas de San Valentín son postales enviadas por Internet. Sin embargo el romanticismo cotidiano no puede morir por la fundamental misión que cumple: el responder preguntas fundamentales y reiteradas.

Aquella famosa frase de Descartes :“pienso, luego existo”, nos revela una duda anterior que la motivó: “¿Existo yo?”, típico cuestionamiento inconsciente del varón a partir del día en que mamá deja de tenerlo siempre en el campo de su visión protectora, y debe buscar a otra que lo elija, empeorado todo esto con la idea de la finitud de sus días, que intenta digerir mientras busca perpetuarse en las cosas físicas (patrimonio, obra artística, monumentos, poder político, los hijos).

La mujer, en cambio, sobrelleva la resolución de un complejo de Edipo o Electra más complicado, porque la nave de su narcisismo vaga entre mamá y papá, y vuelta a mamá, hasta que parte hacia el inconmensurable mar de la vida preguntándose también: “¿ y a mí... quién me va a querer?”.

Se vuelve así tangible esa necesidad de hallar una pareja y recibir esos suministros permanentes de afecto y valoración que nos permitan sentirnos lo más importante para el otro, para alguien.

Ninguna estrategia humana puede ser más útil a estos fines que el romanticismo.

La rosa roja, el poema escrito aún con faltas de ortografía, el chocolate con la carta de amor, la esquela con un “ te quiero” que se deja pegada en su almohada, satisfacen esa necesidad imperiosa de sentirnos únicos para el otro y de experimentar que si ese otro nos registra de tal manera, por lo tanto, existimos. Es decir, nuestra imagen no está vacía frente al espejo de sus ojos, al contrario, nos completa ese otro primordial, nos reivindica en cada acción romántica.

Los varones verdaderamente románticos son muy valorados como pareja por las mujeres, y nunca pasan de moda. Me refiero a aquellos tipos que no utilizan el recurso gentil y la cortesía adulona nada más que para seducir o conquistar, si no que llevan a Armando Manzanero y a Gustavo Adolfo Bécquer en la sangre. Pero no son la mayoría, por temor al ridículo. Si, atrapados en un modelo perimido de masculinidad, muchos hombres se esconden tras el mameluco del Groncho o la adusta relatividad matemática de Einstein. De allí que ellas llenen los teatros para ver a Luis Miguel, Montaner, Arjona y otros donantes de ese almíbar de ensueño que nosotros, los llamados machos, no supimos proveer.

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