 Sin más, luego de 2 años de casados ella me pidió un tiempo para hablar tranquila y profundamente. Dijo que quería sincerarse conmigo y solicitó mi amorosa comprensión. Yo escuché todo lo que ella iba diciendo; la observaba mientras hablaba más y más nerviosa, con zozobra, como si luchara internamente por evitar ese momento. Sin embargo, continuó. Me tomó de las manos y soltó a llorar como nunca había visto a nadie hacerlo. Ella dijo: Mi hermano mayor abusó sexualmente de mí desde los cinco años hasta los casi 12. Yo no sabía qué hacer para consolarla. Lo único que se me ocurrió fue abrazarla y dejarla que sacara, a través de su llanto, todo su dolor, todo su coraje, toda su impotencia ante tal recuerdo. No podía decir una sola palabra. Mi cabeza hervía de rencor contra ese hombre; mi corazón sentía claramente la tristeza y el agobio de la mujer que tenía en los brazos. Las palabras no atinaban a salir con un plan determinado. ¿Qué debía decir en ese momento? Ella logró tranquilizarse un poco y continuó su narración. Le admiré mucho su valor y claridad para hablarme y hablarse sobre ese asunto. Creo que lo único que ella deseaba de mí en ese momento era que la escuchara con atención y con amor. Lo cierto es que las escenas que me narró encerraban mucho erotismo. Sin embargo, yo no podía mezclar ambas situaciones. ¡Se trataba de mi esposa cuando era una niña! ¡Y se trataba de una relación incestuosa! Mi rencor volvía a crecer... Me di cuenta que no era mi batalla sino de ella, y yo debía apoyarla en lo que ella me pidiera. Fue cuando estuve seguro de que ese era el segundo paso: preguntarle ¿en qué te puedo ayudar? Y lo hice. Ella me contestó suavemente: -Gracias por escucharme. Me ha servido de mucho haberlo hablado contigo. Eres la primera persona con quien lo trato. No podía callarlo más, y sobre todo al hacerse tan evidentes los bloqueos que siento cuando me pides que tengamos intimidad... Es que a veces se me vienen los recuerdos.... Ahora más que antes. "En mi adolescencia hice todo lo posible por olvidar, pero venían sueños, recuerdos. Ahora, cuando me pides verme desnuda, o a veces en la forma en que me besas y las caricias más profundas que me solicitas, pues..." La callé con un gesto amoroso y le pedí que no continuara; yo ya sabía a lo que se refería. Entonces le propuse:  ¿Quieres que busquemos un apoyo psicológico?   ¿Quieres que te acompañe a terapia?  ¿Quieres hablar en privado?  ¿Quieres que, en tanto resuelves y superas tus estados de ánimo, vivamos sin relaciones sexuales, a fin de que logres separar tu sexualidad del abuso del cual fuiste víctima?
Realmente yo mismo me sorprendí de mis palabras, pero al recibir de ella un llanto muy diferente al primero, al sentir su abrazo, supe que había hecho lo correcto. Para hoy, ella lleva 6 meses en terapia psicológica y yo comenzaré a asistir junto con ella en dos meses más, aproximadamente. No hemos tenido vida coital, pero sí vida amorosa: yo la escucho y la conozco. Ella me hace preguntas sobre valores y sexualidad, y a veces hablamos hasta muy tarde sobre lo que pensamos y sentimos, y de lo que su doctor le sugiere, le explica y le invita a pensar. He notado que a raíz de que me interroga ella toma más confianza en mí, y me redescubre como varón alejado de la relación de abuso que sostuvo con su supuesto hermano, porque con sus actos ese hombre no dignificó el sagrado lazo de fraternidad. Todo lo contrario.
Creo que en terapia trabajaré el odio que le guardo, pero al mismo tiempo me espejeo con su recuerdo y me digo: prudencia. Formar a un varón para que llegue a ser hombre es un gran reto y una gran responsabilidad.
Aquí no se trata de venganzas, sino de aprender de la historia propia y de ambos, para evitar nuevos o más grandes errores. Su doctor le ha sugerido bonitos ejercicios para practicar cuando vamos a la cama. Hoy nuestro lecho no contiene el erotismo en boga, pero tampoco la frialdad que llegué a sentir al poco tiempo de casados. La cama se ha convertido en nuestro espacio para el amigable reposo, para el diálogo, para el verdadero conocimiento mutuo y para la ternura que parece dar luz a la sensualidad... Nuestra cama se ha convertido en un rinconcito de esperanza. |