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Feminismo práctico

Blanca Aurora Mondragón

Para Erica, a quien quiero

De tanto en tanto, cuando la desesperación arriba a nuestra vida de mujeres trabajadoras dentro y fuera del hogar, o hacemos comentarios al pasar (por decir algo) por hacernos solidarias con otra mujer en apuros, solemos preguntar: ¿para qué tanto feminismo? ¿Cuál feminismo, además? ¿Cuál feminismo, cuál equidad de género, cómo se puede hablar de equidad cuando las mujeres totonacas –por poner un ejemplo– están sometidas y ni siquiera enteradas de la liberación femenina?

“No pasa nada, seguimos igual o peor” –dicen algunas–, “porque ahora somos las de la triple jornada; los varones esto y esto y aquello”… Creo sinceramente que se trata de afirmaciones irreflexivas e irresponsables: lo que de verdad no podemos decir es que no ha pasado nada. Realmente, es injusto, es no darle valor, por lo menos, al siglo XX, una centuria llena de luchas de mujeres para las mujeres.

Tenemos que recordar que hace apenas unos días se conmemoró la fecha en que el voto femenino fue ganado a pulso en México, y eso es sólo una muestra de lo mucho que se ha conseguido al paso de los años. Mujeres nacidas en los años 60, 70 y para acá, quizá no nos percatamos de ello. Sucede que damos por hecho que la forma de vivir que tenemos es de lo más “normal y natural”. Y no es así.

Se requiere un análisis más concienzudo, tanto del fenómeno feminista en general como de las libertades que se han generado en nuestro entorno y de las que –queramos o no– somos beneficiarias. Es decir, se tendría que estudiar a fondo, por lo menos, el siglo XX, así como hacer una lista de las prerrogativas que actualmente gozamos en los campos público y privado, para estar conscientes de los avances que cada una de nosotras hemos tenido.

También es cierto que aún hay mucho por hacer, que existen amplios sectores de la sociedad mexicana que no tienen acceso a lo más básico de la información al respecto, mucho menos pueden practicarlo. Esto es porque sistemas tan rígidos como la tradición, la estructura de una sociedad patriarcal, e instituciones como la familia, la iglesia, la escuela y otras, no avanzan a la par de la evolución del pensamiento humano en general –y del feminista en particular– por intereses propios de la idiosincrasia latinoamericana, por decirlo de este modo. No se puede negar.

Observo a las chicas de preparatoria, de facultad universitaria o de otro tipo de estudios medios y superiores... Miro que transitan por la vida como si los derechos que les han sido conferidos, con los que ellas ya nacieron, fueran producto de una varita mágica universal que las hubiera distinguido por virtudes misteriosas, emanadas de merecimientos ocultos a nuestra comprensión neoliberal y postmoderna. Además de ignorar su procedencia y valorarlos adecuadamente, se dan el lujo de criticarlos o no hacer uso de ellos. Si tienen tantas libertades es por que otras mujeres, antes, en el mismo siglo XX las ganaron para ellas.

Entiendo la imperiosa necesidad que tienen las jóvenes de transformar los –que para ellas ya son– esquemas con los que han vivido, e inventar nuevas formas de ser y estar en este mundo. Eso es muy válido; sin embargo, el cambio se les va de las manos cuando se entra en materia de propuestas concretas, porque no poseen las bases teóricas ni prácticas para establecer otros parámetros que puedan beneficiar a las mujeres, incluidas ellas.

Sé perfectamente que no todo el mundo se inclina por el tipo de pensamiento feminista, vamos, como no todo el mundo puede ser médico o filósofo o gastrónomo, o ser marxista, positivista, escolástico, está claro. Sin embargo, considero que en el campo de los “derechos humanos” y de lo ahora denominado “equidad de género”, existe una mayor apertura mental para recibir los “nuevos” conceptos.

A varones y mujeres nos cuesta mucho trabajo comprender los cambios sociales, sobre todo a nivel de pensamiento. Esto no quiere decir que no se avance; recordemos que la evolución es lenta y continua, que la humanidad no se detiene y siempre hay personas, grupos y organizaciones que siguen creyendo en la premisa: “el mayor bien para el mayor número de personas”. No hay vuelta atrás, el paso está dado. ¿Que existe gente que quiere retroceder y que, de hecho, retrocede y obstaculiza el avance de otros y otras? Así es, no es nuevo, toda acción tiene una resistencia, o estilo Arquímedes: “a toda acción corresponde una reacción....

Como dice Goethe, “como las estrellas, sin prisa pero sin pausa”. Considero que cuando existe una causa justa por la humanidad, el avance, aunque lento, siempre está en vigor, goza de buena salud. Habrá quienes piensen que el feminismo ha desaparecido, que está fuera de moda o es anacrónico; sucede que todo cambia, avanza, recapitula, sobre todo en cuestión de filosofías. También es preciso considerar que este movimiento se ha ampliado en una gama de teorías e, incluso, se desvirtúa; sin embargo gira, está en el mundo, no sólo en este país.

Así que mucho se ha logrado. No podemos juzgar en relación (solamente) de lo que sucede en nuestra vida y en nuestro entorno; sí, también, pero hay que ver mucho más atrás y mucho más hacia los horizontes que desconocemos. Las luchadoras por los derechos de las mujeres nos dejaron una herencia, gran herencia; ahora el asunto es preguntarse ¿qué voy a hacer yo con ella?, ¿doy un paso más o me quedo con el legado?, ¿qué tipo de pensamiento voy a enseñar a mis prójimos y prójimas, hij@s incluid@s?, ¿cómo quiero que las cosas avancen, se transformen, mejoren, si yo no estoy dispuesta a cambiar un ápice, sobre todo en mi forma de ser, vivir, pensar? O no hago nada y punto.

Uno de los problemas prácticos fundamentales es definir una posición clara, concreta, con respecto a la equidad de género: ¿qué pienso yo?, ¿cómo me defino yo, soy libre, sumisa, a veces y a veces? Aclaremos: mucha gente cree (hombres y mujeres) que equidad de género o feminismo quiere decir “contra los hombres” o “somos superiores” o “ahora van a saber quiénes somos nosotras”... Y se equivocan, por supuesto. Lo que significa es el establecimiento y fortalecimiento de una nueva relación entre ambos géneros; no se trata de competencia humana ni demostrar quién es mejor o superior, sino de mostrar una relación más justa.

¿Que es dificilísimo? Pues qué esperábamos. Las transformaciones duelen, son largas y hasta permanentes; no es pan dulce ni miel sobre hojuelas, pero tampoco es la hecatombe: es construir día a día cómo queremos vivir al lado (inevitablemente, aunque seamos solteras, lesbianas u otra modalidad) de esos seres que hasta pueden ser maravillosos, los hombres. También en la familia, el trabajo, la iglesia, el antro, la plaza, el cine, el balneario, la playa, la montaña, el café, el restaurante, la calle, el jardín, la azotea, la escuela, el puesto callejero y demás. Ahí están, ahí estamos, tenemos que establecer cómo deseamos ser tratadas, qué nivel de trato estamos dispuestas a dar y recibir.

Y las cosas han cambiado muchísimo. Existen mujeres que no hacen conciencia de que así es porque son muy jóvenes o no vivieron los cambios ni de rebote. No hace mucho (quizá medio siglo) pocas mujeres podían acceder a la educación superior y no tenían derecho al voto. No tenían voz ni voto en ningún ámbito: político, familiar, laboral; no podían vestir pantalones, no digas a la cadera o usar ombligueras, no, simples pantalones. Su sitio era la casa con sus cuatro paredes; nada de ir a cafés, antros, tomar cerveza o fumar en público (sólo las excepcionales, se sabe), nada de entrar al mundo laboral (algunas secretarias, maestras o enfermeras…), nada de competir por un puesto o un ingreso. De hecho no había ingreso externo, a menos que cosieran, cocinaran o realizaran alguna labor “propia de su sexo” y dentro de su casa. La relación con los varones era injusta, por antonomasia; la mujer se consideraba inferior y muchos más etcéteras...

La lista es larga, muy larga, amigas. Hay muchísimos aspectos en los que las mujeres no podían participar ni en la vida pública ni privada; los roles eran rígidos (algunas piensan que así estaba bien) y el campo de acción estaba restringido. De modo que las cosas para sí han cambiado, por supuesto. Si alguna de ustedes no lo percibe en su persona y ambiente –y es víctima de injusticias y/o violencia de todo tipo, desde la de baja intensidad hasta la física–, tendría que hacer un análisis muy profundo para ver qué es lo que está pasando en su caso particular y tomar o retomar las riendas de su vida, porque ahora sí tiene voz y voto y decisión, y si no lo hiciere que la propia vida se lo reclame.

¿Se puede hablar de equidad (justicia, igualdad, imparcialidad, equilibrio, legalidad, paridad…)?, nos preguntaremos. En muchos sentidos sí; falta mucho, también es cierto. La equidad de género la tenemos en las manos, cada una de nosotras, en la vida cotidiana. Cuando yo hablo de estos temas, siempre delimito: mujeres trabajadoras con una preparación académica media o alta, posición económica media o alta, que tienen cierto “éxito” en su vida profesional, pero no acaban de liberar su forma de pensar, sobre todo, lo cual se refleja, necesariamente, en su vida cotidiana. Si queremos, nuestra relación con los varones puede ser equitativa.

“Los hombres son difíciles”, podremos decir, “no van a dejar tan fácilmente el trono que la sociedad les ha perpetuado”. También es cierto; sin embargo, recordemos que “es asunto de ellos”. Si quieren conservar su tipo de pensamiento o aun retroceder, no podemos cambiarlos de la noche a la mañana, pero sí podemos decidir qué tipo de relación queremos con ellos. Suena casi imposible, pero es cuestión de práctica; nosotras también hemos contribuido a reproducir y eternizar conceptos que no están acordes con la equidad de género, ¿no es cierto? Podemos dejar de hacerlo, ese será un gran paso.

En la mente, en la vida de ellos, poco podemos hacer; en la nuestra, mucho. No lograremos –quizá– que él cambie, pero sí cambiar nosotras nuestra forma de ser, pensar, hablar, actuar, con respecto a la equidad de género. ¿Ustedes qué piensan?

 

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