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El amor es una hermosa locura

Luis Buero

¿Quién no ha cometido locuras por amor? Es que el amor mismo es un acto de locura. Por algo será que Lacan –el famoso psicoanalista francés– declaró que amar es dar lo que no se tiene, y a quien no es. O sea que ambos amantes ven en el otro una representación, un personaje inventado que satisface una muy bien oculta fantasía.

Por eso el idioma popular asegura que el amor es ciego y cuando nos preguntamos por qué queremos tanto a esa persona que es tan distinta a la que hubiéramos elegido en su lugar, no encontramos respuesta. Yo, que nací cuando todavía la superficie de la Tierra estaba caliente, hice dos locuras propias de la gente de mi generación.

La primera, casarme casi a los 20 años. La segunda, tener una nueva pareja un cuarto de siglo después, con edad para ser mi hija. Locuras, porque cuando tenía que haberme divertido me exigí responsabilidad, y a la hora de disfrutar la estable madurez viví atormentado temiendo que algún muñequito de pastel me robara a mi joven consorte.

Ahora bien, en toda relación de pareja hay dos momentos claves que son muy propicios para cometer locuras.

1. Cuando se está en el proceso de conquista de una mujer indiferente o escurridiza. Entonces es común, por ejemplo:

Ir mil veces a la farmacia en donde atiende y comprarle las aspirinas de a una, para verla.

Anotarse en la misma escuela de baile donde ella aprende flamenco y convertirse uno en Angel Pericet, para estar cerca de la amada.

Tomar el mismo colectivo que ella para entablar conversación, y aparecer de golpe en Bosnia a las tres de la mañana en medio de un toque de queda.

Ir a ver clarividentes con su foto y regalarle el collar de perlas de la bisabuela a una pitonisa con tal de que haga fuerza para que la tan deseada se enamore de nosotros.

O hipotecar el sueldo para comprar un perfume francés con la ilusión de que al olerlo ella nos vea como a Bradd Pitt, cuando físicamente parecemos el fruto de una cruza exitosa entre E.T. , Alf y el tío Cosa.

2. Cuando nuestra Julieta nos fulmina con eso de que creció mucho en este tiempo y esta relación ya no le cierra –como si fuéramos un pulóver que ahora le queda chico–, notamos que de pronto prefiere regalarnos al Ejército de Salvación.

Ahí somos capaces de ir a coimear a su psicólogo para que la convenza de que tiene que volver con nosotros.

Le colgamos pasacalles frente a su balcón con frases de poemas de Neruda.

Llenamos de regalos a la madre y a esa amiga que tanto nos criticaron y odiamos, para ver si hacen contrainteligencia a nuestro favor.

Le prometemos a la chica convertirnos en su lacayo, zombie, robot, esclavo-genio de la lámpara de Aladino, y perro boxer amaestrado, si vuelve con nosotros.

Pero todo es inútil.

El amor, en síntesis, es una hermosa locura, como ese crédito especial que nos ofrecen los bancos: nos llega cuando no lo necesitamos, y se nos va cuando ya no podemos vivir sin él.

 

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