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Género no es lo mismo que sexo

Luis Buero

Pues sí: el género no es el sexo, sino el conjunto de significados y mandatos que la sociedad le atribuye al rol femenino y al rol masculino en un determinado momento histórico y social. Con el sexo se nace, el género se crea.

Así, el concepto “ideal” de género en un tiempo dado nos condiciona –a través de la cultura que todos vamos construyendo a diario–, indicándonos una supuesta forma de “ser hombre” o de “ser mujer”. Hoy, cierto androcentrismo (la subordinación de la mujer al hombre) que ha prevalecido a través de por lo menos 2 mil 500 años, está en franca pero lenta transformación.

Bien sabemos que el mundo laboral se divide en un ámbito privado y otro público; a la mujer se la condenó siempre a la invisibilidad del trabajo doméstico, a ser la proveedora obligada de servicios indispensables pero gratuitos.

Lo femenino es definido aún como el territorio de lo emocional, lo silenciado (de allí que tantos abusos de distinto tipo se realicen dentro del perímetro de lo privado), y todo lo que tiene que ver con la reproducción humana: la mujer debe ser madre y el embarazo es su estado de perfección bíblica, su finalidad natural, se dice todavía.

Ninguna mujer escapa a esta discriminación, sólo que algunas se convierten en superniñas; son las que corren con el celular pegado en el oído y el trajecito sastre impecable a comprar la harina impalpable para la torta del hijito.

El arquetipo viril nos presenta un hombre proveedor de bienes materiales, productos culturales y de la sexualidad. En nuestra cultura, el varón pertenece al sector de lo público; en síntesis, detenta el poder. Por eso las mujeres han sido excluidas durante siglos del discurso histórico y de sus símbolos fundamentales, convirtiéndolas en “objetos” que hoy luchan por ser “sujetos”, a la par del hombre.

No es de extrañar que las cosas se hayan dado de manera tan discriminatoria para las mujeres. Ya en la polis griega, “el ciudadano” era definido por Aristóteles como el varón perfecto. Las mujeres no entraban en esta categoría, punto. La pobre Antígona (tal vez la primera feminista de la ficción) muere lapidada por pretender enterrar a su hermano Polinices contra la voluntad de su tío Creonte.

Aunque todas las mujeres “sin rostro”, es decir, anónimas, participaron activamente en las luchas por la independencia de distintas colonias que luego lograron su autonomía, cierta “lógica de las diferencias” las dejó a un costado de la gloria, salvo contadas excepciones.

Todavía el inconsciente colectivo sigue atribuyéndole a la mujer el rol doméstico por excelencia, a través de representaciones sociales y psíquicas, que nos inclinan desde que nacemos para desarrollar ciertas potencialidades e inhibir otras.

De allí también la idea de que la mujer es sensible, dócil, emotiva, y el hombre es racional, duro y no llora. Por eso las telenovelas son para ellas y se emiten en horario vespertino, pues por la noche llega el hombre, para el cual la casa es un lugar de ocio, no así para la mujer, que “sigue estando en su ámbito laboral”.

Afortunadamente, las necesidades sociales que motivaron el acceso de las mujeres al mundo de la producción, demostraron que ellas son más versátiles y eficaces que los varones. Por otra parte la desocupación generó nuevos “amos de casa”, resignados a aceptar que la representación de la masculinidad ya no se asienta en el afuera.

Cierto, algunos matrimonios sucumben porque la lógica del mercado se traslada a la unidad doméstica y ellos no aceptan los nuevos roles. El varón se deprime y la mujer a veces lo fustiga y desvalora. La dama no puede admirar ahora a su Cid Campeador porque lo ve planchar la ropa y cocinar el bizcochuelo, mientras ella vende seguros de vida.

Hoy más que nunca, la dicotomía masculino-femenino genera una nueva dramática en la que cada persona debe aceptar, compartir, negociar, respetar espacios, contener y sobre todo, amar deveras a la otra persona. O, de lo contrario, seguir siendo un ejército de androides, demasiado solos y solas.

 

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