 
A juzgar testimonios de toda índole, en México las mujeres del siglo XIX eran consideradas representantes del "bello sexo"; pero tras la galante apreciación dicha por orondos señores quitándose la chistera con leve reverencia, tras la galante apreciación que conllevaba supuestas virtudes morales, se escondía una trampa mortal. Esa belleza y esas virtudes adjudicadas tan arbitrariamente implicaban múltiples restricciones. La más grave, cerrarles las puertas del estudio, vetarles actividades de carácter público, condenarlas al ámbito privado para ocuparse en fruslerías que iban desde rizarse los cabellos manteniendo un perico en el hombro, entretener tardes desocupadas jugando con un mono o acariciando a un perrillo hecho bola sobre las faldas y repetir oraciones si ahogos soterrados les señalaban ese camino. Porque las mexicanas leían sólo el misal, aunque las primeras revistas se pensaron para que sus manos de dedos largos y uñas pulidas abrieran las páginas y con el índice recorrieran los renglones, según se desprende de los editoriales donde les rogaban sin éxito distraer algunos centavos de sus gastos semanales comprando suscripciones. A las mujeres pobres, que cargan siempre con la peor parte, se les adjudicaban el analfabetismo irredento, la vejez prematura, las tareas domésticas de lavar ropa y trastes, o algunas ocupaciones mercantiles vendiendo antojitos en estanquillos y puestos callejeros. ¿Sería por eso que muchas décadas atrás la bella y orgullosa Sor Juana, segura de su fulgurante inteligencia, en respuesta al obispo Santa Cruz que se vengaba de ella por atreverse a la interpretación de conceptos teológicos, dijo burlonamente que las mujeres sólo podían hablar de cocina? ¿Realmente se definiría el problema del género como un tejido sutil pero evidente que denota rasgos de personalidad, actitudes, sentimientos, conductas y actividades diversas en el hombre y la mujer debido a procesos sociales e históricos que han dejado huellas? Tal vez; sin embargo, una retórica al uso logra imitarse, dar literalmente gato por liebre. Algunos escritores renombrados usaban caretas acostumbrando pseudónimos femeninos, quizás para exponer sin vergüenzas machistas sus sentimientos y debilidades. Existe además un caso que tiraría el castillo de naipes construido por especialistas esforzados en rescatar la mirada de las mujeres posándose sobre las cosas y dejando en sus textos rasgos distintivos. En 1872 señoreó el firmamento literario como estrella de la mañana una niña de 16 años, virgen, impoluta y talentosa cual milagro del Tepeyac emanando perfumes espirituales en torno suyo. Su nombre: Rosa Espino. Su debut: periódicos prestigiados. Su hoy inconseguible Flores del alma ganó elogios, lectores entusiastas, la entrada al Liceo Hidalgo -agrupación de intelectuales probados-, y diploma que recogió socarronamente el general Vicente Riva Palacio, autor de los poemas y bromista irredento.
Parecía un chiste destinado a los ingenuos, una conspiración entre amigos, una argucia de El Imparcial para atraer lectores. En realidad se estaba diciendo que la mejor poetisa del XIX era hombre, aunque investigaciones recientes demuestran que había centenares de mujeres empeñadas en hacer versos. Los daban a conocer principalmente en periódicos de provincia o incluso de la capital; pero la mayor parte de ellas, luego de dos o tres intentos, dejaban lápices y manguillos; ignoraban que la literatura, salvo contados casos de iluminación, es una carrera de fondo, una persistencia desesperanzada, un oficio. Esas aplicadas recopilaciones tienen más valor arqueológico que artístico y demuestran pinceladas comunes en las autoras que solían mantener una posición de aficionadas frente a los hombres de letras, a quienes no pretendían equipararse. En sus memorias, novelas o apuntes de viajes solían usar la técnica del folletín, admitían los extremos de la desdicha o el gozo, buscaban un mensaje moralista y, claro, procuraban aprehender la belleza, casi siempre huidiza. Sus escasas iniciativas demuestran que las mexicanas estaban contentas de representar al bello sexo dedicadas al cuidado de su marido y sus hijos, tal vez tristes cuando no lograban casarse. Se conformaban ocupando un segundo plano, subordinadas al varón y por más que se piense no existen razones, salvo las de una sociedad profundamente cerrada y llena de prejuicios. Las monjas, que sufrieron la exclaustración y el despojo de sus conventos durante el gobierno del presidente Benito Juárez, dejaron de escribir, a pedido de sus confesores, sus atormentadas y ejemplares vidas, y no había entre nosotros una Emily Dickinson con grandes poderes de síntesis que le permitieran atrapar al vuelo sufrimientos y anhelos. Tampoco había narradoras capaces de describirnos ocios mundanos y praderas verdes o riscos azotados por el mar, como Jane Austen o las hermanas Brönte; ni una novelista de personalidad desafiante como George Sand o una aristócrata realista como Emilia Pardo Bazán. Eso explica que las historias, olvidándose de otros nombres, saltaran del deslumbrante fenómeno colonial que representó Sor Juana, a la huérfana consignación de María Enriqueta Camarillo, que construyó buena parte de su larga carrera en España, lo cual le permitió internacionalizarse, y fue autora de libros antológicos: Rosas de la infancia y Nuevas rosas de la infancia, estudiados por incontables generaciones escolares.
Sin embargo, hubo un par de poetas conmovedoras por su vida y por su obra de trayectoria romántica que se prestan a las reconstrucciones amorosas del ensayista: Josefa Murillo y Teresa Vera que se suicidó comiendo cerillos. Ambas sufrieron la tragedia, una muerte prematura, y trazaron imágenes inmarchitables que rescataban emociones recónditas del corazón y, junto con ellas, siguieron una trayectoria muy respetable. Otras, obstinadas, se esforzaban por dejarnos constancias de su voz: Isabel Prieto de Landázuri, Rosa Carreto, Dolores Bolio, Laureana Wright de Kleimhans, editora de la célebre revista El búcaro, Antonia Vallejo, décana de la prensa nacional, consiguieron publicar la mayor parte de su producción, aunque frecuentemente pagaran sus ediciones. Podría decirse que todas eran de clase acomodada, lo cual les daba acceso a la cultura, y en este sentido Laura Méndez de Cuenca representa un caso notable al ser madre soltera, dirigir una escuela importante, recibir encomiendas del gobierno para representarlo en el extranjero, dar a la imprenta varios libros y asistir luego, con 60 años cumplidos y amplios méritos, a las cátedras impartidas en la Escuela de Altos Estudios, después Facultad de Filosofía y Letras. En las cartas que Pedro Henríquez Ureña le mandó a Alfonso Reyes dándole noticias de las actividades realizadas por el Ateneo de la Juventud y su Sociedad de Conferencias -en que participaban jóvenes que se convirtieron en nuestros clásicos-, mencionó la gran cantidad de señoras bien vestidas presenciando los actos. Indicaban cambios de actitud y una mayor participación femenina en distintos ámbitos del pensamiento. Si la larga paz porfiriana causó inmovilidad, la Revolución de 1910, triunfante en los años 20, abrió claustros universitarios y la opción de renovar una temática y una conciencia social. Nellie Campobello lo aprovechó en sus estampas con las cuales confabuló Cartucho y Las manos de mamá, inscribiéndose en una corriente nacionalista que dio frutos memorables, pictóricos y novelísticos. Las mujeres formaron parte de las llamadas "brigadas vasconcelistas" que combatían el analfabetismo y, luego, de programas similares emprendidos por el presidente Lázaro Cárdenas y después por el ministro Jaime Torres Bodet. Algunas avanzadas se convirtieron en protohembras y las más hábiles entraron a la mitología del siglo XX, incluso patrocinando artistas y redactando epistolarios y textos, como lo hizo Antonieta Rivas Mercado, o a golpes publicitarios que apoyaban las ediciones de sus poemarios metafísicos, como lo hizo Pita Amor. No es que el entorno haya cambiado a un conjuro mágico. Es que el país lentamente entraba a la modernidad y mejoraba las posibilidades.
A finales de los años 40 surgieron las escritoras dueñas del aura que les permite ganarse el pan y la autonomía. Entre ellas destacó Rosario Castellanos. Su método, el trabajo. Sus fines, desplazarse del poema al relato; de la editorial a la obra teatral; de la cátedra a la representación diplomática. Sus maestras Simone de Beauvoir y Simone Weil y su propia disciplina la convirtieron a ella misma en maestra, junto con la creación, la actividad superior en que nos vamos dando la mano. Las mujeres siguieron apareciendo una tras otra y tomaron sus puestos, a veces de manera fulgurante. Elena Garro es quizás la mejor prueba, con sus ojos de niña traviesa y la originalidad de sus narraciones o piezas dramáticas, y Amparo Dávila y María Luisa Mendoza y Luisa Josefina Hernández y Guadalupe Dueñas y Esther Seligson y Brianda Domecq, dueña de una editorial dedicada al género, e Inés Arredondo que concebía cuentos espléndidamente urdidos, y Elena Poniatowska periodista sagaz, y Angeles Mastretta merecedora del premio Rómulo Gallegos, y Laura Esquivel que consiguió un bestseller a la altura de la globalización. Los nombres son un rosario de cuentas que se multiplican con celeridad geométrica. Las contemporáneas reflejan su entorno, olvidaron propósitos didácticos, no se sienten en desventaja frente a los intelectuales hombres ni dueñas de una alma más hermosa y un cuerpo menos dotado físicamente. Unas recorren los meandros de su prosa; otras prefieren la claridad de una frase clásica. Algunas eligen asuntos históricos o imaginaciones acosantes; la mayoría encuentra en sí misma los asuntos a tratar. No explican tesis, eligen una metáfora, el revoloteo fantasioso, los lugares comunes transformados en frases nuevas, la hechicería irónica si son lo suficientemente afortunadas para hallarla. Muchas han pasado por las aulas universitarias y son catedráticas. Comparten una cierta tendencia a reconstruir el pasado familiar, la infancia añorada o aborrecida, según sus experiencias; quizás por motivos hormonales, sus relaciones con padres, hermanos e hijos. Gran cantidad de sus personajes son femeninos sin cubrirlos con aureolas de santas. Excepto casos aislados, y no siempre felices, pocas se comprometen con la política, sin que indique un evasionismo. Sus preocupaciones resultan íntimas y personales. Olvidaron los propósitos moralizantes en pro de la obra artística que les plantea exigencias no siempre cumplidas. No se dejan embargar por las emociones sino por la lucidez, o eso pretenden. Conocen las corrientes literarias al uso y se insertan o las evitan conforme a sus intereses. Están convencidas de que la carrera literaria es un maratón inacabable y que el terrible reto es mantenerse en ella. Al enfrentar el siglo XXI las escritoras hablan, cuando la ocasión se les presenta, a gritos. Han visto gran cantidad de adelantos científicos y tecnológicos, transformaciones en el país hacia una pretendida sociedad post-industrial y en los criterios éticos tradicionales hacia lo permisivo. La generosidad se transformó en competitividad. La vergüenza mayor es el fracaso. El orden fue sustituido por una especie de caos frenético en que se teme la contaminación ambiental, la falta de agua, la explosión del planeta. Hay pluralidad de técnicas. Abundan los talleres literarios y becas que patrocinan a gran cantidad de muchachas. Se tratan problemas afines, frigidez, divorcio, lesbianismo, aborto, adulterio, relaciones sadomasoquistas, la pérdida de la juventud y los conflictos que traen consigo la autosuficiencia, la soledad de la creación y la individualidad ontológica. Las aparecidas recientemente se fascinan con la cibernética: se definen como ciberpunks. Las mujeres encontraron en las mujeres su público entusiasta, sus estudiosas y promotoras. Y las editoriales, atentas a la demanda y recepción, lo consideran para publicarlas. El matrimonio y la maternidad no cubren todas sus posibilidades y aspiraciones. Se esfuerzan por realizarse en varios campos. Las que ocupan puestos políticos o destacan en el panorama mundial son numerosas. Y lo mismo sucede con quienes figuran en suplementos colaborando con reseñas, encuestas, fragmentos de novela, crónicas, poemas, relatos. Son menos las que sacan libros y sin embargo son ya casi incontables. El cuento no se les entrega fácilmente, porque el cuento en su aparente brevedad sólo llega a la manera de un milagro. Y ahí, en ese punto, ya no hay pretextos de ningún tipo. Hay una apabullante disyuntiva: se tiene o no se tiene talento, se hacen o no se hacen obras importantes, y a partir de ahí debemos juzgar. * Ponencia presentada en el II Encuentro Internacional de Escritoras en Rosario, Argentina. beatrizespejo19@yahoo.com.mx
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