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Recordando a mi padre

Luz María Rodríguez Ensuástegui

Desde que me acuerdo mi padre era serio y formal. Nunca dijo o escuc de él una mala palabra. Cumplió siempre con su responsabilidad de proveer económicamente a su familia.

Cierto, castigaba con golpes las infracciones que cometíamos como hijos. Cuando tal vez estaba tranquilo y de buen humor, nos abrazaba; nos alentaba cuando caíamos, y nos daba dinero. Nos decía nombres bonitos o tiernos al llamarnos, y le pedía a mamá que no nos gritara.

Yo lo veía como un padre perfecto o casi perfecto. Pero le tenía miedo.

Pensándolo detenidamente, tal vez era porque no platicaba con nosotros, sus hijos e hijas, con sinceridad. Siempre disfrazó las cosas de manera que él no se viera mal en sus intenciones o en su persona. Pronto aprendimos su estilo y actuamos igual, hipócritamente, pues. Sólo nosotros nos conocíamos de verdad, pero nunca permitimos que otros nos conocieran tal cual éramos. Y ahí comenzaron los problemas.

Su falta de comunicación sobre la vida y lo que había a nuestro alrededor, fuera del hogar, provocaron que nos convirtiéramos en seres carentes de criterio para opinar y decidir fuera de su tutela. Tal vez él creía que éramos su copia fiel. Su mentirosa apariencia la creyó una realidad perfecta en nuestras vidas. Dejó de ver nuestra humanidad, nuestra individualidad y el contexto en que estábamos viviendo socialmente.

De haberlo hecho, papá habría podido seguir creciendo como hombre y como nuestro padre, y enseñarnos como amigo. Pero fue al contrario: se quedó clavado en su concepto, y la brecha generacional se convirtió en un silencio de muerte.

Ahora él habla, pero ya nadie lo escucha. Lo dejamos de oír hace mucho tiempo... Nosotros hablamos y a él no le importa lo que decimos. En una palabra, nuestro mundo no existe en su sistema planetario. Su ecuación siempre fue:

No lo veo = No existe

Lo trágico es que no lo veía ¡porque no quería!

Su amor se fue quedando en el baúl de los recuerdos de infancia. Como un rosal que al principio fue bello, que dio algunas o muchas rosas pero que después, poco a poco, se secó y nunca más volvió a florecer.

Yo digo que se confió, que se ensoberbeció de sus logros, y sólo se quedó pensando en sí mismo. Dejó, y para siempre, de estar en contacto con los otros.

Es triste, pero sólo quien se sintoniza con su discurso metódico, hueco y ególatra es su amigo; nadie más. Las otras personas somos ahora sus enemigos, que lo atacamos con nuestra indiferencia o con nuestra protesta por su actitud.

Hoy veo qué tan importante es hablar sinceramente con las personas que amamos y frecuentamos. Esa es la única forma de seguir siendo familia a través del tiempo. De otro modo, lo que una vez pudo llamarse amor, al paso del tiempo y en el silencio se convierte en simulación, en desamor disfrazado de rectitud o de aparente justicia de ser padre.

Él no acepta a ningún interlocutor que le confronte. Nadie es lo suficiente valioso o recto o verdadero como para que él le dé credibilidad. Me duele. No es lo que quisiera que hubiera ocurrido; sin embargo es lo que observo y siento. Su hermetismo le ha llevado a quedarse solo, y si yo continúo su ejemplo me veré igual o peor en mi ancianidad. Incluso desde ahora, cuando todavía soy joven.

Autoenaltecerse y guardar las apariencias, hacen del amor filial el más grande veneno que corrompe el alma y mata el cuerpo.

Me pregunto si algún día él podrá verse a sí mismo... ¿verá lo que su actitud ha producido en nosotras y nosotros, sus hijos?

 

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