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La pareja alcohólica

Esmeralda Figueres

Hasta hace relativamente pocos años, el tema del alcoholismo comenzó a manejarse de manera abierta gracias a la intervención de la Organización Mundial de la Salud, que lo ubicó como una enfermedad y, más tarde, como una epidemia que afecta de manera importante a la salud emocional y física de la persona que la padece y a su pareja.

Justamente en este apartado, el de la salud emocional, es que compartimos con ustedes algunas reflexiones sobre las características de la convivencia con un enfermo alcohólico y también un perfil femenino muy establecido para relacionarse con parejas que presentan esta problemática.

Prácticamente en todas las sociedades del mundo, el etanol es la droga psicoactiva más ampliamente usada, y probablemente también la más antigua. La delgada línea que separa a un bebedor social de un enfermo, es prácticamente imperceptible para las ciudadanas comunes y corrientes que somos. En realidad, muchas de las características de personalidad que vemos como simpáticas o seductoras en un hombre, son justamente los focos rojos que prenden la alarma, pero que normalmente no somos capaces de identificar.

Lo cierto es que la convivencia con un bebedor que finalmente será identificado como enfermo, plantea varios problemas técnicos, pues se trata de un consumidor de una sustancia (el alcohol) que se autoadministra en un medio en el cual, ni él ni los que con él conviven, asocian a riesgos sobre la conducta y la salud física y emocional.

Así, las personas afectadas durante años pueden gozar de una aparente adaptación social externa, e incluso al medio familiar, aunque es en éste en donde comienza el resquebrajamiento.

Las dificultades en la relación con una pareja enferma son muy notorias, aunque la recuperación se ve sumamente obstaculizada, entre otras, por la actitud cultural de mantener como top secret lo que sucede puertas adentro del hogar.

El gato que se muerde la cola

Muchas de estas parejas van perdiendo progresivamente las fuentes de interés, de diversión o de relación personal, de pareja, familiar, laboral o profesional, e incluso social, en su más amplio aspecto. No importa que quizá años atrás alguno de estos campos de su vida fueran sus objetivos o centro de una actividad o afición, distracción o deseo. Lo cierto es que se modifican, no se perciben ya como positivas, ni agradables, se hacen forzadas. Y nuestra pareja aumenta el tiempo invertido en las relaciones y acciones asociadas al consumo de bebidas alcohólicas.

También son comunes y poco perceptibles las manifestaciones de malhumor, ansiedad, angustia y tendencia a conductas verbales de agresividad, como conductas ligadas a leves manifestaciones de abstinencia que generan las bebidas alcohólicas. Se sabe que el alcohólico comienza a sentirse deprimido, ansioso, con alteraciones de la memoria; cada vez se percibe más como un fracasado en el intento de minimizar el intenso deseo-necesidad de consumo (compulsión).

El proceso del enfermo pasa por el autoengaño y el engaño. No sólo niega los comentarios, consejos o insultos de los familiares, sino la propia experiencia desagradable o negativa.

Es muy común que la pareja del enfermo interprete su conducta como una forma de rechazo personal o una forma de manifestarle su animadversión o violencia encubierta. Así que ambos están en un campo peligroso, en donde se emplean los conocimientos que cada uno tiene de las áreas vulnerables del otro para agredirse entre sí.

La relación entre la persona alcohólica y su entorno inmediato se torna compleja y difícil porque lleva consigo emociones, dolor, soledad y, al mismo tiempo, son todos estos sentimientos los que permiten a una persona buscar ayuda y hablar de estas experiencias a partir de su propio dolor e historia. Esto es posible que se traduzca en una experiencia sanadora a profundidad, y tan significativa como para no despreciarla.

En esta evolución compleja, tanto la pareja como los allegados de la familia pasamos por un proceso de sufrimiento y necesidad de resolver todos los conflictos, actividades y apuros que el enfermo no resuelve. Pero en esa angustia, lo que desconocemos es que, contrariamente a lo que pensamos, tal actitud complica o altera la situación familiar y personal del enfermo, al evitarle asumir las responsabilidades personales. La suplencia o cambio de roles es uno de estos aspectos.

Cuando finalmente existen evidencias tales de la negativa de él para abordar un proceso terapéutico, hay familias que pueden "soportarlo", mientras que otras rápidamente identifican que no pueden esperar. Los miembros, pero en especial la esposa y en ocasiones los padres, asumen las responsabilidades de la economía doméstica y otros familiares tienen que tomar decisiones de las cuales el paciente abdica. Si la esposa fracasa en el papel de asumir las funciones paterno/maternas, los hijos pueden hacerse cargo de este rol, desarrollando actividades y tomando decisiones que en familias sin este tipo de conflictos tardarían años en asumir.

Los niños o preadolescentes no sólo son forzados prematuramente a asumir papeles de adulto frente a un padre alcohólico, sino también ante la incapacidad de la madre, no alcohólica, precisamente en expresiones de codependencia donde ni siquiera se sienten capaces de asumir el papel de responsabilidad.

Los hijos, entonces, se ven forzados a asumir papeles de adulto precoz, y aunque pueden ser víctimas de violencia física, lo más grave y frecuente es la negligencia emocional, o sea, no existe comunicación, no se obtiene apoyo y se sienten desamparados como personas, en especial cuando la madre ha decidido hacerse a un lado y no ver el daño que se está generando en el núcleo familiar.

Las manifestaciones de codependencia son distintas en relación al mapa de la estructura familiar para adultos, hijos, etc. Tienen como actitud fundamental comprender y entender, durante un largo periodo de tiempo, "el cambio de carácter y de humor" del enfermo, y a su vez se realizan intentos de ayuda, sacrificándose a sí mismo o a sí mismos.

Este intento conduce a que los codependientes se conviertan en cómplices de la enfermedad y contribuyan a perpetuarla, sin ser completamente conscientes de ello.

En el fondo intentan controlar al afectado, procuran percibir la problemática emocional del alcohólico en cierta medida como suya, y pretenden asumir parte de las supuestas responsabilidades del adicto, sin comprender que no son suyas. En general, en muchas ocasiones de conflicto se "ayuda a la enfermedad y no a la persona enferma". Dentro de toda la amplia gama de daños resalta en importancia la neurosis de la pareja del alcohólico puesto que, a pesar de sus esfuerzos, no puede controlar al bebedor, que a su vez no controla la bebida. Existen roces, choques, malestar, ansiedad frente al fracaso. La desesperanza, el coraje, la angustia-ansiedad, la frustración y el resentimiento inician su andadura en la pareja o en otros miembros de la familia.

En determinadas coyunturas, luego de recurrir a amenazas, manipulaciones, o adoptar un claro rol de mártir, eventualmente con agresiones mutuas, existe una clara violencia. Según los niveles socioculturales se expresará como "tortura psicológica" o daños físicos.

Aceptar que existe el riesgo de caer en otra enfermedad por convivir con un alcohólico, es la primera manera de hacer frente a esa relación enfermiza: darse cuenta que se está tratando con un enfermo, con todas las implicaciones que ello entraña. Quizá el primer paso es entender que él no es el único paciente.

La pareja no debe sentirse culpable o avergonzada, pues puede colaborar en un plan de tratamiento, pero no ser responsable ni sentirse culpable de aquellos aspectos que vive cotidianamente como la ansiedad de la relación patológica. La codependencia es un trastorno en el área de las relaciones interpersonales, que se reproduce con características semejantes, de una manera repetitiva, con casi todas aquellas que convivimos con un alcohólico. En general se tiende a considerar que la posición y el papel de la mujer en la sociedad actual, a pesar de haber superado en muchos aspectos los roles tradicionales, sigue siendo más proclive a desarrollar una relación codependendiente con su pareja alcohólica, que el varón.

Esta situación normalmente es vivida o interpretada como abnegación, tolerancia, responsabilidad y como un martirio. En este sentido, la mujer de un alcohólico puede asumir el rol durante los largos periodos del trastorno alcohólico del marido, dados muchos de los valores tradicionales para las mujeres.

Algunas investigaciones en Estados Unidos indican que las mujeres más "emancipadas", con más carácter, presentan determinados rasgos de comportamiento y "personalidad" con más probabilidades de establecer una relación de codependencia, puesto que se sienten con más capacidad y "seguridad" de modificar la conducta adictiva de su pareja.

Así, de acuerdo con el estudio de Elkin, M., en este perfil entrarían las mujeres con

* Habilidad para organizar.
* Capacidad de adaptarse con facilidad a diversas tareas laborales o profesionales.
* Habilidad para aprender con rapidez aspectos técnicos de su actividad laboral o profesional.
* Aparente estabilidad emocional y resistencia al pánico.
* Destreza para la manipulación emocional.
* Tolerancia a la frustración y al dolor emocional.
* Resistencia, aparente, al estrés y a la fatiga.
* Capacidad para retardar una gratificación personal.
* Una cierta destreza en manejar las situaciones de crisis.
* Baja autoestima y estructura muy dependiente hacia los que forman su familia nuclear.

Contrariamente, las personalidades con rasgos primarios pero un coeficiente intelectual alto y un cierto nivel sociocultural, tenderían a la ruptura y/o a imponer soluciones más o menos drásticas con su pareja.

Hay que señalar que desde el punto de vista estrictamente profesional, entre psicólogos y psiquiatras no existe un consenso ni criterios claros que permitan una definición de la codependencia que delimiten con rigor el trastorno, condición o sintomatología. Muchos de los datos referentes a esta realidad clínica han sido aportados por familiares o por los propios alcohólicos, o bien por ambos y por profesionales con experiencia en Grupos Terapéuticos.

En su conjunto, los datos actuales en relación a los recursos socioterapéuticos útiles en el tratamiento de la enfermedad alcohólica, nos indican que el "co-alcoholismo" es un patrón de vida disfuncional en el cual el familiar que convive con un alcohólico tiende, durante un tiempo significativo, a asumir como propio un problema que no está en su mano resolver. Con abordajes "neuróticos" se autoatribuye una responsabilidad inexistente, intentando inútilmente controlar al afectado.

En un gran número de estos casos, la familia o la pareja no resiste el impacto de una convivencia profundamente alterada por las conductas del paciente, y el co-alcoholismo adquiere dimensiones de psicopatología compleja. En otras, la actitud de los familiares o de la pareja pueden originar o que exista una vida paralela, o que el paciente habite en una parte de la vivienda -en un hogar roto de hecho- en donde se le tolera, quizá porque aún contribuye económicamente al sustento familiar o simplemente porque existe un pacto, no escrito ni explícito, de tolerancia hacia aquel "bulto" del medio familiar con el que no se cuenta ya para nada.

Tú, ¿tienes experiencia en el tema?
Siempre será bienvenida tu aportación reflexiva.

 

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