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A alguien se le perdió esto
Manuela Fernández González
En un instituto puede pasar de todo; es más: pasa de todo. Allá va esta perla que apareció en un panel de anuncios de un colegio de Valladolid, España. Cuatro folios escritos a mano y prendidos por una chincheta con un cartel que decía... "A alguien se le ha perdido esto".

...Te cogería de la mano y te diría: "ven, vamos a dar un paseo y te enseño mis tierras". Te llevaría a lugares maravillosos que cultivo desde hace años: verdes praderas, campos floridos, amenos y regalados, de un colorido magnífico. Cruzaríamos en barca un pequeño lago rodeado de frondosos bosques que se reflejan al asomarse en sus aguas, limpias y serenas como tus ojos. Miles de mariposas de los colores más fantásticos que puedas soñar revolotean juguetonas alrededor de la superficie, y los cantos de las aves más increíbles y extrañas resuenan aquí y allá. Te acercaría al borde de un acantilado que poseo cerca del corazón, y contemplarías absorta el mar; un mar que a veces es azul, y a veces gris, cambiante, misterioso, sorpresivo. Bajando el acantilado se llega a una playa -muy cerca ya de mi corazón-: en ella galopa salvaje un caballo blanco, blanquísimo, como la espuma de las olas que besan sus patas. Ese caballo es tuyo, te lo regalo. Se llama Aldebarán, que es la estrella que tiene el color de tus ojos.
Esas zonas que te acabo de describir son las que se pueden enseñar. Tengo más, y también te llevaría a ellas y te contaría la historia que encierra cada una de ellas. Por ejemplo, tengo un jardín donde cada flor tiene un nombre inventado por mí. Son miles, y todas distintas; cultivo unos frutales que dan unas estrellas sabrosísimas; tengo una colección de animales que hablan (una rana, un búho, un gato, una hormiga -aunque es tartamuda- y la cabeza disecada de un ciervo que cuenta auténticas barbaridades).
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