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Clarice Lispector
Amalia Rivera
El único nombre femenino que destacó entre los escritores de la generación de vanguardia de Brasil es el de Clarice Lispector. Sin embargo, ni por asomo goza de la fama de autores como Jorge Amado o de Joao Guimaraes Rosa, a pesar de que fue la principal figura de la modernización literaria brasileña en los años 60, y de que cuenta con la altura para traspasar fronteras y situarse en la cúspide. Porque el mundo de la literatura también tiene una estructura patriarcal.
A lo largo de su intensa producción, Lispector buscó liberarse de las convenciones narrativas a las que veía como "un cuerpo pesado que impide volar". De ahí su rompimiento con la técnica narrativa, utilizando una puntuación que muestra absoluta libertad y un lenguaje que responde a lo que ella denominaba el "dictado de su interior". Por todo ello se concebía como una "antiescritora", cuyas obras -decía- requerían de empatía y de una "lectura irracional". Sus textos, íntimos e intensos, muestran una literatura desgarrada y lúcida que explora con una mirada fresca el mundo popular brasileño, así como a una "mujer heroica a la hora de vivir la vida de todos los días, y clara y contundente a la hora de escribir" -según anotan críticos de su obra. Clarice nació en 1925 en Tchetchelnik, Ucrania, pero cuando apenas tenía dos meses de vida, sus padres -judíos rusos- emigran a Alagoas, Brasil, país al que Clarice siempre reconoció como su única patria. Desde muy temprana edad supo que había nacido para escribir. Tanto así que desde los siete años se empezó a adiestrar en el oficio de la escritura para, un día, tener la lengua en su poder -confió en entrevistas posteriores. Estudió en Recife y en Río. A los 14 años ya había escrito varios cuentos que envió al Diario de Pernambuco, el que nunca los publicó, por lo que decidió actuar. Sobreponiéndose a su timidez, fue a la revista Vamos a leer y pidió una respuesta al editor en ese mismo momento. Concluida la lectura, él preguntó a Clarice si lo había copiado de alguien o traducido de alguna parte, a lo que ella respondió que era de su autoría. Deslumbrado, el hombre lo publicó.
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