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Ajustando cuentas
Lourdes Hernández Fuentes
Limpia el camino de paja que yo me quiero sentar en aquel tronco que veo y así no puedo llegar Mucho tiempo ha que no dormía profundamente por la tarde. Paco me despertó a las cinco y las hormigas hacían de mi abandonado jugo de naranja su mar secreto.
Paco se fue y eché llave a la puerta. Al poco rato tocó Carmelita, mi comadre. Nunca había venido sin anunciarse... Le ofrecí fruta y café y la escuché y nos reímos y compartí su angustia, como ella desde hace años, muchos, compartió conmigo su receta de seguesa; la fórmula del capeado infalible, las horas chamagosísimas de limpieza... las buenas y las malas. Afuera corre el silencio. Coloco el candado de la puerta. Enciendo la chimenea y nunca la encendí tan fácil como esta noche en que decido ajustar cuentas. Nochebuenas y tulipanes toquetean el techo de vidrio, caricias tímidas, “¿te ayudan a dormir?”, podrían preguntarme. No, al contrario, me despiertan, y miro a la bugambilia que ha invadido con su humedad los muros viejos de esta casa que ante el asalto salvaje del verde parece desmoronarse. Casa llena de ruidos que hablan de otros días, de los días de fiesta, de los días en que albergan el trajín de esa fonda chiquita que parece restaurante. Porque hoy debo confesar que todavía me gusta jugar a la comidita. Por más de cuatro años he mantenido un espacio, clandestino, sabrosísimo; desde que llegó a estos muros, llegó con vocación de pasado; de tan vivido nació con una pátina ocre de antiguos oros brillantes. Mujer de malos sentimientos todo se te ha vuelto un cuento porque no ha llegado la hora fatal
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