“Deséame y existiré”, pareciera ser la frase condenatoria que todo bicho humano lleva inscripta en la frente a lo largo de su vida.
Y si. Desde que nacemos, no es el deseo de algo concreto lo que nos perturba tanto, como se dice, si no el deseo de ser deseados por el otro.
Primero, por ese Otro con mayúsculas que es la madre, esa ídola emblemática con la que todo está perfecto… hasta que llega ese día en el que nos hace saber que no somos aquello que la completa. El camino a seguir será entonces la búsqueda de seres sustitutos de aquella ilusión perdida.
Y mientras vagamos, los hombres nos preguntamos: ¿Quién soy? Y las chicas se cuestionan: ¿Y a mi quién me va a querer?.
Y para lograr respuestas abordamos una nueva misión: ellos trabajan para ser elegidos, ellas laboran para ser amadas.
Nada más loco y sin embargo, inevitable.
Loco, sí, porque ellas y nosotros creemos que podemos encontrar la clave del semejante, descubrir su abracadabra, su talón de Aquiles, provocar que baje la guardia.
Los bellos por naturaleza nacen, en este aspecto, con un pan debajo del brazo, para ellos y ellas el dilema no es conquistar, si no elegir entre las ofertas que los rodean.
Para el resto de los mortales se repite la duda inicial: ¿y yo de qué me disfrazo?.
Y el disfraz de la seducción será el personaje que inventemos para llamar la atención.
Los varones tenemos varios y distintos.
En la adolescencia hay dos modelos: uno es el del tipo deportista, divertido y hueco, clásico “reo y bardero”, que si las hubiera tendría mil amonestaciones, y que siempre queda libre por inasistencias en el colegio. Esta caracterología les encanta a las chicas porque este estúpido les representa el sabor de lo prohibido, y las enfrenta al excitante tabú de la virginidad. Lo contrario es jugarla de tímido o misterioso, el que despierta ternura, aquel al que ellas podrían proteger y mimar como a un bebé o a un conejito de peluche.