Don Sigmund hablaba en otro siglo de pulsiones sexuales de meta inhibida. Amar fue definido también por “her professor” como el acto de poner en otro la representación de un ideal no alcanzado por uno mismo. También, otra cara de la moneda nos indicaría que no buscamos alguien a quién amar sino al revés, ansiamos hallar una persona que nos quiera, admire y nos sirva de espejo generoso en el cual mirarnos, devolviéndonos una fotografía nuestra como la que buscaba Narciso en el agua.
En este mismo juego imaginario, otro psicoanalista europeo, francés para más datos, insistió en concluir que amar es dar lo que no se tiene a alguien que no es. Pues en ninguno de los extremos de la ecuación, ella y él son los que son, si no lo que cada uno cree necesitar ver. Como diría un amigo mío, somos el uno para el otro, pero el otro no es ninguno de los dos.
¿Complicado? Vayamos a los escritores. Mark Twain ha narrado de distintas formas que para Adán el verdadero Paraíso era donde estaba Eva. Schopenauer asegura que en la mirada tierna que se cruzan un hombre y una mujer brilla el destello de la especie. Y con cierto humor, Jacques De Lassale afirma que el amor es un egoísmo de dos. Y hasta José Hernandez le hace versear a Martin Fierro que en la huella del querer no hay animal que se pierda.