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Compartiendo secretos con él
Luz María Rodríguez Ensuástegui
Ese día recibí una noticia que heló el latido de mi corazón. Me era difícil aceptar las palabras que salían de boca de mi esposa. Cada una me parecía un pesado bloque a desmenuzar con mi cabeza.
Sin más, luego de 2 años de casados ella me pidió un tiempo para hablar tranquila y profundamente. Dijo que quería sincerarse conmigo y solicitó mi amorosa comprensión. Yo escuché todo lo que ella iba diciendo; la observaba mientras hablaba más y más nerviosa, con zozobra, como si luchara internamente por evitar ese momento. Sin embargo, continuó. Me tomó de las manos y soltó a llorar como nunca había visto a nadie hacerlo. Ella dijo: Mi hermano mayor abusó sexualmente de mí desde los cinco años hasta los casi 12. Yo no sabía qué hacer para consolarla. Lo único que se me ocurrió fue abrazarla y dejarla que sacara, a través de su llanto, todo su dolor, todo su coraje, toda su impotencia ante tal recuerdo. No podía decir una sola palabra. Mi cabeza hervía de rencor contra ese hombre; mi corazón sentía claramente la tristeza y el agobio de la mujer que tenía en los brazos. Las palabras no atinaban a salir con un plan determinado. ¿Qué debía decir en ese momento? Ella logró tranquilizarse un poco y continuó su narración. Le admiré mucho su valor y claridad para hablarme y hablarse sobre ese asunto. Creo que lo único que ella deseaba de mí en ese momento era que la escuchara con atención y con amor. Lo cierto es que las escenas que me narró encerraban mucho erotismo. Sin embargo, yo no podía mezclar ambas situaciones. ¡Se trataba de mi esposa cuando era una niña! ¡Y se trataba de una relación incestuosa!
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