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Gestiona bien tus emociones
Consumer.es
Ser inteligente no supone equilibrio ni felicidad
No es que sea muy inteligente; es listo, que no es lo mismo. Las últimas teorías psicológicas hablan de la Inteligencia Emocional como nuevo concepto, si no contrapuesto sí distinto a la inteligencia “de toda la vida”, la asociada al coeficiente intelectual, a la cultura, a los títulos universitarios y a las destrezas lógicas, numéricas o gráficas.
En realidad, estas nuevas teorías no hacen sino racionalizar y estructurar lo que ya sabíamos o presumíamos. Estamos acostumbrados a que personas sin estudios cualificados ni mucha cultura triunfen en casi todo lo que se proponen. Y, al revés, no nos llama la atención que otros individuos muy inteligentes (que entienden todo a la primera, incluso las ideas más complejas; que resumen un libro como si fueran críticos profesionales o que memorizan casi inmediatamente lo que a la mayoría les cuesta horrores) no progresen o no encuentren su sitio en lo profesional ni en lo personal. Esta aparente contradicción se debe a que hay personas que, si bien no brillan en lo estrictamente racional, son muy habilidosos, muy inteligentes en la gestión de sus emociones y sentimientos. Son, en esta parcela tan relacionada con nuestra calidad de vida, más creativos, eficaces y listos que un eminente catedrático de filosofía o ingeniería industrial. Hay otra forma de ser inteligente: la de las emociones y sentimientos. Algunos individuos saben afrontar las situaciones y salen airosos de acuciantes problemas mientras otros fracasan y se hunden ante obstáculos nimios. La inteligencia emocional juega un papel decisivo en la explicación a esta bipolaridad tan común. Lograr lo que nos interesa depende más de nuestra capacidad de vivir, de escrutar los problemas y canalizar nuestras emociones, que del razonamiento abstracto o nuestra capacidad para resolver problemas matemáticos. La historia nos habla de genios (científicos, intelectuales, artistas, políticos, ...) cuya vida personal fue un patético desastre. Y, sin embargo, nuestro entorno más inmediato nos muestra personas normales que llevan su existencia (la idea que uno tiene de sí mismo, las relaciones de pareja, las amistades, el trabajo o la capacidad de ser un buen padre o madre) de manera admirable. El complejo mundo de las emociones interviene en cómo resolvemos los problemas. Además, las emociones positivas pueden alterar la organización de la memoria, de modo que se integre mejor el material cognitivo y que ideas antes dispersas surjan relacionadas y fáciles de recordar. Salovey, investigador de Yale, USA, define la inteligencia emocional como “una parte de la inteligencia social, que concierne a la habilidad de comprender sentimientos propios y ajenos y de utilizarlos para nuestros pensamientos y acciones”. Y añade que una sociedad que no fomenta la inteligencia emocional crea individuos insatisfechos e insolidarios.
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