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20. Noviembre 2008

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estás en: sexo y amor / problemas de pareja / La mujer elemental
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La mujer elemental

Blanca Aurora Mondragón enviar mensaje al autor

Hoy decidí andar por la vida sin artificios. Nada más allá de lo indispensable para sentirme cómoda y sin mucho frío: un suéter, una falda, medias. Elegí una de las dos prendas de ropa interior, la de arriba. Ni un solo anillo, no aretes, no cadenas. Ni gota de pintura en la cara; no reloj. Únicamente el indispensable morral al hombro izquierdo. Solamente. Y que conste que he dicho muchas veces que sin mis anillos me siento desnuda, y que prefiero salir de casa sin desayunar que sin maquillarme (ay, las mujeres). Pero hoy no. Un vaso de leche y pan. Salí.

Quería sentirme ante la vida así, desprotegida, desnuda. Quería pasar por la vida totalmente abierta, que me poseyera. Y así fue. Mis manos vacías de oro me hicieron sentir ligera, de pasos suaves. No llevé tacones hoy. El viento tocó directamente mi cara, seguramente muy pálida, como amanece siempre. Sin el ligero rubor que coloco a diario en mis mejillas me sentí libre; sin las pestañas pesadas de rimel me sentí auténtica.

Camino de prisa por las aceras casi solitarias al amanecer, con rumbo al sitio de taxis. El frío que trae consigo una noche lluviosa me corrió por entre las piernas; me heló el sexo. La falda ligera se pegó a mi cuerpo a falta de fondo que la detuviera. Pareces farol –diría mi madre–, hueca por dentro de la falda. Sí, como farol abandonado a media calle tras fiesta de Navidad, así se sintió mi cuerpo de la cintura hasta los pies; farol olvidado, arrinconado y lleno de frío, después de ser usado la víspera, en la calidez de las manos masculinas.

El suéter no detuvo el airecillo helado que penetró por sus tejidos, no contuvo el calor de la piel de mi torso casi desnudo, debajo. Sentí el viento; sentí la humedad que viajaba a mi alrededor. Me estremecí. Me sentí viva.

Mis pies recorrieron el diario camino, a tientas, mecánicamente, sin paladear el sabor de la tierra. Quise quitarme los zapatos para sentir las piedras frías en las plantas; las piedras duras entre los dedos. No lo hice. Se me hacía tarde.

Abordé un taxi de asientos helados. El aliento salía de mi boca en forma de nube. Quise gritar entre toda esa gente ajena, pero mi voz desconoce la desnudez; mi voz se queda muda y estremecida; se ata en el estómago y se baja al sexo, sexo que exige tu presencia otra vez. Mi voz desciende y se posa en mi sexo y murmura fuertes inquietudes. Mi sexo casi desnudo, frío, añora el calor de tus manos; de tus manos siempre vacías; de tus dedos de uñas muy cortas y muy limpias; de tus manos a veces llenas de mí; de tus manos auténticas, capaces.

El taxi avanza. Y avanzan hacia atrás las casas y los árboles y la gente y los empedrados. Las nubes pegadas a las ventanas forman gotitas frías que rozo con mis labios y sorbo poco a poco. Y me bebo las nubes. Mi boca disfruta de ese frío néctar de la mañana, y mis mejillas blancas viajan despacio por el vidrio que alcanzan. Y yo miro hacia afuera.

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