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¡Desconfiamos de sus compañeros solteros!
Luis Buero

Creo firmemente en la amistad sincera entre el hombre y la mujer. En verdad, si no es sincera no existe tampoco entre varones, porque significa que el vínculo para alguna de las partes ha nacido por un interés político, económico, sexual u otro, pero no porque se le ha despertado un sentimiento fraternal.

Cuando la amistad es real se vuelve una relación de hermanos, y entre un hombre y una mujer permite, especialmente para el varón, vivir un feedback de dar y recibir muy especial, generoso y simétrico, que no siempre se da en los noviazgos y matrimonios, donde hay uno que da y da y el otro recibe y recibe, y cuando ya se cansó de recibir se va en busca de otro proveedor. Ahora que... no todos los hombres pueden tener amigas. Muchos de ellos nacen, viven y mueren atrapados por una sola voluntad inevitable: llevar a la cama a cuanta mujer se les aparezca delante. ¿Estará este ímpetu originado en el deseo frustrado de aquella primera mujer que nadie pudo tener, excepto Edipo, y tan caro le costó? Aunque no se anime a proponerlo porque sabe que va a ser rechazado, o por timidez, la fantasía de acostarse con esa amiga o compañera de facultad lo mantiene agazapado en un perfil bajo, que no significa renuncia o resignación. Y ella –cuando es nuestra novia y le informamos que ese al que ella llama su “amigo del alma” no sufre de glaucoma sino que los espermatozoides le salen del lagrimal cuando ella aparece– se enoja con nosotros y nos dice que tenemos la cabeza podrida. Un hombre en general, y el novio de una chica en particular, huele a un kilómetro a ese tipo que lo único que busca es curtirse a su chica envestido en el disfraz de amigo. Su tono de voz, su sonrisa, sus posiciones corporales, todo lo delata, pero ella no lo quiere ver. Ni siquiera cuando la invita a salir a ella sola decenas de veces. Los denuncio, pues, en nombre de los sufridos machos, tratando de iluminar algunos casos comunes: 
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