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Vírgenes de medianoche
Carmen Arguedas
¿ Cuántas hijas de familia serán vírgenes?
Ya sé que el tema de la virginidad tiene muchas aristas, por eso lo propongo como tema de reflexión en todamujer.com Y es que en pleno siglo XXI, las chavas nos encontramos con muchas dudas: ¿realmente valdrá la pena lanzarnos de cabeza al precipicio que acogía a las mártires que morían por defenderla, como cuentan las historias religiosas? ¿Qué complicaciones puede traernos con el novio? ¿Será mejor conservarla hasta el matrimonio? ¿Para qué? Si decidimos dejar de ser vírgenes sin casarnos, ¿qué conflicto nos traerá con la familia? ¡Ufffff!
Yo creo que una cosa es el rollo de “no pasa nada”, y otra lo que realmente sucede, especialmente con una misma. Muchas de mis amigas se niegan a tener relaciones sexuales con sus novios debido al miedo de que éstos piensen que con los galanes anteriores “fue igual” y las acribillen con preguntas tipo ¿quién fue tu primera vez?, ¿con quién más has hecho lo que hacemos juntos?, y un largo, largo etcétera. Lo peor es lo que muchas mujeres piensan de sí mismas en relación con la preservación del himen. En ese sentido me encanta la manera libre y desprejuiciada con la que europeas, norteamericanas, cubanas e incluso brasileñas, viven su sexualidad. Si bien una mujer tiene tooodo el derecho a mantenerse virgen hasta el matrimonio y evitar la promiscuidad (sin satanizarla), también debo aclarar que quienes se mantienen vírgenes por la represión sexual producto de la educación, pisan otro terreno, generalmente plagado de manipulación de los llamados “valores femeninos”. Me explico: si tú, mujer del siglo XXI, crees que hay que llegar virgen al matrimonio, adelante. Si, por el contrario, además de querer ser virgen para el hombre con el que te cases, le tienes miedo a la desnudez, al placer, a las caricias, a la penetración, al erotismo, a la sensualidad, entonces es momento de meditar sobre cómo te han enseñado a ver la sexualidad. No sostengo que ser virgen sea malo o perjudicial; para nada. Pero sí me rebelo ante la idea de que el valor de una mujer radique en su virginidad corporal. Eso es un engaño. Nuestro valor no puede residir en una minúscula telita interna que, por lo demás, puede romperse hasta con un ejercicio moderadamente fuerte. En el otro extremo está ubicado el ejército de chavas que desde la secundaria entran en una competencia feroz por perder la virginidad, pues ésta les parece signo inequívoco de estar OUT. Aquí el extremo tiene varias y serias consecuencias: desde el aumento de enfermedades de transmisión sexual (especialmente virus del papiloma humano, sida, etc), embarazos no deseados, abortos clandestinos, y por supuesto el casamiento legal con el consecuente truncamiento de los estudios, una maternidad forzada y una relación con facturas bien caras.
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