| Página 1 de 3 1 2 3 sig> |
|
 |
|
 |
|
Califica
¿Recomiendas este
artículo a otr@s lector@s?
1 = Ni pensarlo
5= Claro que sí |
|
|
Recordando a mi padre
Luz María Rodríguez Ensuástegui
Desde que me acuerdo mi padre era serio y formal. Nunca dijo o escuché de él una mala palabra. Cumplió siempre con su responsabilidad de proveer económicamente a su familia.
Cierto, castigaba con golpes las infracciones que cometíamos como hijos. Cuando tal vez estaba tranquilo y de buen humor, nos abrazaba; nos alentaba cuando caíamos, y nos daba dinero. Nos decía nombres bonitos o tiernos al llamarnos, y le pedía a mamá que no nos gritara. Yo lo veía como un padre perfecto o casi perfecto. Pero le tenía miedo. Pensándolo detenidamente, tal vez era porque no platicaba con nosotros, sus hijos e hijas, con sinceridad. Siempre disfrazó las cosas de manera que él no se viera mal en sus intenciones o en su persona. Pronto aprendimos su estilo y actuamos igual, hipócritamente, pues. Sólo nosotros nos conocíamos de verdad, pero nunca permitimos que otros nos conocieran tal cual éramos. Y ahí comenzaron los problemas. Su falta de comunicación sobre la vida y lo que había a nuestro alrededor, fuera del hogar, provocaron que nos convirtiéramos en seres carentes de criterio para opinar y decidir fuera de su tutela. Tal vez él creía que éramos su copia fiel. Su mentirosa apariencia la creyó una realidad perfecta en nuestras vidas. Dejó de ver nuestra humanidad, nuestra individualidad y el contexto en que estábamos viviendo socialmente. De haberlo hecho, papá habría podido seguir creciendo como hombre y como nuestro padre, y enseñarnos como amigo. Pero fue al contrario: se quedó clavado en su concepto, y la brecha generacional se convirtió en un silencio de muerte. Ahora él habla, pero ya nadie lo escucha. Lo dejamos de oír hace mucho tiempo... Nosotros hablamos y a él no le importa lo que decimos. En una palabra, nuestro mundo no existe en su sistema planetario. Su ecuación siempre fue:
|